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La impactante historia del 'niño más fuerte del mundo': entrenaba 8 horas al día y no tenía amigos

Richard Sandrak, conocido como el "Pequeño Hércules", revela su dura infancia marcada por abuso y sufrimiento, a pesar de su éxito en el fisicoculturismo. Su historia impacta tras 20 años de fama.

Richard Sandrak, conocido como el “Pequeño Hércules”, se convirtió en un ícono del fisicoculturismo a los 11 años. Foto: composición LR/Meganoticias
Richard Sandrak, conocido como el “Pequeño Hércules”, se convirtió en un ícono del fisicoculturismo a los 11 años. Foto: composición LR/Meganoticias

Richard Sandrak, conocido como el “Pequeño Hércules”, se convirtió en un ícono del fisicoculturismo a los 11 años. Sin embargo, detrás de su impresionante físico y fama, se oculta una historia de abuso y sufrimiento que ha marcado su vida. A 20 años de su ascenso a la fama, Sandrak revela el calvario que vivió en su infancia.

Originario de Ucrania y criado en Pensilvania, Sandrak mostró desde pequeño una gran pasión por el deporte. Su extraordinaria fuerza y musculatura lo llevaron a ser reconocido mundialmente, pero su éxito fue el resultado de un entorno familiar tóxico. En una reciente entrevista, el joven de 32 años compartió detalles sobre su dura realidad, que contrastan con la imagen de prodigio que proyectaba.

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El niño sufría de abuso emocional y físico por parte de su padre, que hicieron su infancia aún más tormentosa. Foto: Canal 13

El niño sufría de abuso emocional y físico por parte de su padre, que hicieron su infancia aún más tormentosa. Foto: Canal 13

“Cuando la gente habla de un recuerdo de la infancia, normalmente se asocia a algo positivo. No me siento identificado con eso”, confesó Sandrak, quien reveló que su padre ejercía un control extremo sobre su vida y entrenamiento. A pesar de su éxito, su infancia estuvo marcada por el abuso físico y emocional.

La dura realidad detrás del éxito

El “Pequeño Hércules” se destacó en el fisicoculturismo gracias a un régimen de entrenamiento extremo y una dieta estricta. Sin embargo, su vida no era la de un niño normal. “Mi padre solía tener ataques de ira y lo que comenzaba como un entrenamiento normal terminaba conmigo haciendo una triple patada dividida durante 12 horas”, relató. Esta presión constante lo llevó a vivir una infancia aislada, sin amigos y bajo un control familiar estricto.

Sandrak recordó que su entrenamiento era tan exigente que debía hacer sentadillas sin descanso mientras veía una película. “Eso fue algo a lo que me acostumbré porque así fue toda mi infancia. No tenía nada con que compararlo”, explicó. La violencia física era parte de su rutina, y aprendió a no pedir que lo detuvieran, apretando los dientes y cumpliendo con las exigencias de su padre.

El momento decisivo y la liberación

A pesar de la fama y el reconocimiento, la vida de Sandrak era un constante desafío. La exposición pública, sin embargo, tenía un efecto positivo: obligaba a su padre a tratarlo mejor frente a los demás. “Fue una infancia muy confusa. No recuerdo demasiados recuerdos agradables hasta que se fue mi padre”, afirmó, dejando claro que su vida mejoró tras la salida de su progenitor.

En 2003, tras un ataque violento contra su madre, Sandrak tomó la valiente decisión de llamar al 911. “Y los llamé y les dije que no hicieran sonar las sirenas; vinieron y se lo llevaron. Fue un soplo de aire fresco desde entonces”, recordó. Esta acción resultó en la encarcelación de su padre por abuso y su posterior deportación a Ucrania.

Un futuro sin rencores

Desde aquel momento, Sandrak nunca volvió a ver a su padre y no tiene interés en retomar el contacto. “Siempre le guardaré rencor. Dicen que hay que perdonar y olvidar. Puede que esté dispuesto a perdonar, pero nunca olvidaré”, concluyó. Su historia es un recordatorio de que detrás de las apariencias, a menudo se esconden realidades dolorosas que marcan la vida de las personas.