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Cultural

Los caminos de Walter Alva y el Señor de Sipán

Walter Alva, en su búsqueda de conocimiento, indagó sobre mitología local y más tarde realizó el histórico descubrimiento del Señor de Sipán, comparable al hallazgo de Tutankamón.

Walter Alva. Foto: Difusión.
Walter Alva. Foto: Difusión.

Escribe: Eduardo González Viaña

Fuimos a buscar al “Pato Pinto”. Había llegado mi amiga, la antropóloga Irene Silverblatt, y me había pedido que la llevara a visitar a un brujo. Me pareció que lo mejor era ir a ver a ese chamán de Jequetepeque. Me lo aconsejó Walter Alva, quien ahora nos acompañaba.

Lamentablemente, el “Pato Pinto” nos espetó:

-Lo siento, no puedo atenderlos. Tengo órdenes de arriba.

Nos explicó:

-Miren, yo trabajo con médicos difuntos. Los llamo y ellos me dan la receta. Ahora no lo puedo hacer porque atienden solo hasta las cuatro y media de la tarde.

Contrariado de saber que en el cielo también hay burocracia, le pedí al “Pato Pinto” que me propusiera nombres de algunos colegas suyos

Me sugirió el de “El Tuno” y, gracias a él, años más tarde escribiría mi libro Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales.

Walter Alva, sin embargo, no se resignó ante la negativa del “Pato Pinto” y decidió retenerlo un poco más. Comenzó a preguntarle sobre los espíritus de las montañas, los ríos escondidos y la diversa mitología de Jequetepeque. No paró de preguntar.

Por esa capacidad de investigación innata, no me extrañó que mi amigo Walter hubiera realizado, años más tarde, el descubrimiento del Señor de Sipán, una hazaña científica tan grande como el develamiento del faraón Tutankamón en Egipto.

Comenzó temprano. Desde que era un adolescente de 14 o 15 años, se había dedicado a estudiar el valle de Jequetepeque (La Libertad) y casi se lo conocía de memoria.

Cuando ya era un arqueólogo, con título de la Universidad Nacional de Trujillo, Alva emprendió una serie de investigaciones. La más audaz fue aquella que lo condujo a Sipán (Lambayeque).

Se había enterado de que, en esos momentos, se estaba produciendo una invasión sin precedentes por parte de los saqueadores de tumbas y se mencionaba que, incluso, habían alcanzado el último descanso de un antiguo rey mochica.

Entonces, sin más recursos que su coraje y acompañado por otros arqueólogos como Susana Meneses -su esposa-, Luis Chero y un grupo de jóvenes, se abrieron camino en la zona.

Allí pasaron semana tras semana. En las noches sufrían la hostilización de los huaqueros, quienes sentían que se les estaba arrebatando lo suyo.

Armados de machetes, los jóvenes científicos hacían guardia nocturna o dormían bajo tiendas de lona. Persistían.

Lo primero que hallaron fue un depósito de más de mil ofrendas de oro y otros metales preciosos. Otro día, descubrieron al guardián de la tumba, un guerrero que había sido enterrado con su escudo y sus armas, además de los pies cortados para evitar que huyera. Ello significaba que habían encontrado la tumba de un gran señor.

Sin embargo, el mayor momento de su vida fue el hallazgo de un retrato, una miniatura de oro que representaba al gran señor enterrado allí.

Tal vez el sabio y el hombre del retrato se miraron. Acaso desde el fondo de los siglos, el Señor de Sipán le ordenó continuar con su tarea. Era el 26 de julio de 1987.

Hace un par de años, el Ministerio de Cultura le otorgó un premio que ningún país podría darse el lujo de conceder. El día de su cumpleaños, se le cesó definitivamente sin darle ni las gracias por sus treinta años de servicios como director del Museo de Tumbas Reales de Lambayeque.

Felizmente, un mes más tarde, Walter recibiría en Madrid un galardón diferente. El premio Internacional de la Sociedad Geográfica Española destacaba su descubrimiento de la tumba intacta del señor de Sipán, la creación de los museos Tumbas Reales de Sipán y el museo de sitio Huaca Rajada, monumentos históricos para el Perú y el mundo.

Hay que recordar que Walter Alva no es necesariamente un Indiana Jones con suerte, sino un sabio que descubre un lenguaje invisible y encuentra las claves simbólicas que rigen a los hombres y a los dioses en el universo de los mochicas.

Su libro Sipán, descubrimiento e investigación (U. Señor de Sipán) de próxima reedición, describe el proceso de la investigación que condujo al fabuloso descubrimiento.

Y para que no se diga que haraganea (“Todo lo contrario. Mi editor es un negrero”) presentará en breve, uno titulado Mochicas, vencedores del desierto (Fondo editorial de la UVC), una visión actualizada de los estudios sobre la cultura mochica.

-¿Y eso es todo?

-¿Todo? ¡No! Mis caminos no terminan.