Saul Bellow: Premio Nobel de Literatura 1976 y su legado narrativo
Saul Bellow, uno de los gigantes de la literatura estadounidense, recibió el Premio Nobel en 1976, destacándose por su influencia en autores como Philip Roth y Norman Mailer.

Hay razones de sobra para escribir de un escritor influyente en autores de la talla de Philip Roth, Normal Mailer, Allen Ginsberg, por citar a los más conocidos. Al respecto, el autor de Pastoral Americana llegó a decir lo siguiente de Saul Bellow: “La columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX fue proporcionada por dos escritores: William Faulkner y Saul Bellow”.
Y el dato que faltaba: a Saul Bellow se le concedió el Premio Nobel de Literatura 1976. Por lo dicho, Saul Bellow es uno de los gigantes de la tradición narrativa, y no solo de la estadounidense.
El valor de este titán no debemos asociarlo únicamente a su grado de influencia, sino centrarlo en lo que su poética proyecta como propuesta y cartografía literaria en sí misma. Y vaya que en esta segunda vía estaríamos más que satisfechos, porque si algo podemos decir, aseverar, de su poética, es que se nos presenta como la más diáfana para ser analizada y estudiada. Bellow revolucionó la esencia básica de la transmisión, a través de la compleja sencillez. Bellow escribía de todo, pero también de nada. Bellow escribía de muchos, pero también de sí mismo.
Bellow nació en el seno de una familia judía de Quebec, Canadá, en 1915, empero, siempre se consideró un escritor norteamericano. A los nueve años se trasladó con su familia a Chicago y desde adolescente dio muestras de que lo suyo era la ficción. Bebió de la tradición literaria gringa, estudió antropología en la universidad y su participación en la Segunda Guerra Mundial resultó determinante para él como persona y escritor. En su calidad de soldado raso en sitios ganados por los aliados, lejos de los frentes de batalla, aprovechó para frecuentar las bibliotecas y leer a los maestros de la narrativa europea en sus idiomas originales, lo que le supuso una conformación de su canon personal, nutriéndose admirativamente del ritmo y la sensibilidad de Thomas Mann y de la vena reflexiva de Robert Musil, pero en lugar de mirar a la historia inmediata como componente para sus ficciones de entonces, el joven Bellow, valiéndose de ese canon personal construido en bibliotecas, se dedicó a mirar desde la distancia a la tierra donde se crio y a escribir a partir de esa condición de lejanía espacial y temporal.
En su obra, en la que encontramos una de las mejores cien novelas del siglo XX, como Las aventuras de Augie March de 1953, no hallamos un afán de denuncia, sino una representación de la configuración moral de sus personajes. Esa quizá sea una de las razones por las que apeló a las cartas, al registro del diario y a la narración en primera persona. Si una gran sombra influyó a los escritores de la segunda mitad del siglo anterior, esa no fue otra que los horrores de las dos guerras mundiales que acaecieron en la primera mitad. Entonces, lo que hizo su obra fue liberar a los escritores más jóvenes de ese imperativo social que llevó al olvido a no pocos autores de la época. Cuando Philip Roth dijo que Bellow era una columna vertebral de la narrativa gringa, se refería a la alternativa narrativa que ofreció desde grandes novelas, como Herzog de 1964 y El legado de Humboldt de 1975, a lo que parecía ser una contaminación de la narrativa (en cuento y novela) a cuenta del mensaje moral.
Veamos Herzog, en donde abordó un tópico en el que muchos han fracasado y en el que solo los grandes han sabido destacar. El adulterio. La experiencia que sumió a Bellow en la depresión y rabia, canalizada, principalmente, en el registro epistolar por el que circulan las cuitas del personaje que da título a la novela. Bellow hizo uso de la epístola, que le permitió explorar a sus personajes en las más exacerbadas subjetividades.
Herzog es, pues, un hombre que ha fracasado como tal, en todos los niveles de su vida, la mediocridad ha sido su marca de agua, entonces, por medio del epistolario, encuentra la vía para justificarse en la vida. A diferencia de sus otras novelas, aquí encontramos contadas cuotas de humor, pero esto poco o nada importa. Lo que consigue Bellow es ofrecernos una radiografía del hastío.
Si bien Bellow mostró una alta calidad en sus cuentos, estos languidecen ante el poder de largo alcance de sus novelas; en ensayo o no ficción, se erigió como un autor sumamente polémico, abiertamente a favor de la literatura en inglés en comparación con las literaturas en otros idiomas, cuestionándolas gratuitamente por no tener los nombres que aquella sí ostenta. Esta postura le generó no pocos enemigos en el mundo cultural, pero Bellow había llegado a un estado de intocabilidad, a tal punto que podía opinar de lo que le viniera en gana sin que nada le ocurriese.
El año 1975 publicó su obra maestra, la suma de todas sus cualidades, la cantera de todas sus obsesiones, la altura celestial de su estilo y el mejor ejemplo de lo que podía hacer en complejidad estructural. Nos referimos a El legado de Humboldt.
Esta es una novela sobre escritores, en donde tenemos al joven Charles Citrine, que hace un tiempo tuvo un éxito del que algunos aún se acuerdan y que atraviesa una etapa complicada (un divorcio y una amante, como puntos de vibración). Citrine tuvo un amigo, el trajinado poeta Von Humboldt Fleisher. Pero a diferencia suya, Humboldt no tuvo éxito literario y para cuando Citrine decide administrar su legado, Humboldt ya era un hombre de letras olvidado. Pero qué hacer con ese legado (memoria/obra) termina salvando a Citrine.
1976 fue un año inolvidable para Saul Bellow, pues El legado de Humboldt obtuvo el premio Pulitzer y a él se le concedió el Nobel de Literatura. Es cierto que han sido más los desaciertos de la Academia Sueca al conceder su galardón en literatura. Pero nadie puso en entredicho que se le haya otorgado a Bellow, puesto que se le entregó a un autor que no vivía de la obra ya hecha, sino a uno que seguía en sus plenas facultades creativas. Además, los años han arrojado otra impresión: el Nobel no benefició a Bellow, por el contrario, fue Bellow quien benefició al Nobel. Es decir, con Nobel o sin él, nuestro escritor ya está en la historia de la narrativa como el mayor narrador en lengua inglesa de la segunda mitad del siglo XX. (Re)leamos a Bellow.