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Un clamor desoído, por Jorge Bruce


Una población abandonada en manos de la delincuencia reclama con desesperación su derecho a vivir en paz. Su clamor es creciente y la indiferencia de las autoridades también. Esos pedidos de auxilio caen en saco roto porque el Gobierno no sabe, no quiere o no puede tomar medidas para cambiar esa marea de violencia, rapiña y terror. Por eso a nadie extraña que en la última encuesta de IEP el Congreso sea aprobado por el 2% de los encuestados.

La Presidenta Boluarte, acaso porque está a punto de entrar en las fechas en las que su presencia en palacio es prescindible, multiplica las declaraciones. El problema es que sus palabras son vacías, carentes de contenido real, insignificantes. Durante la última reunión en el ridículo “Cuarto de Guerra”, una burda imitación del Situation Room de los EEUU, situado en el ala oeste de la Casa Blanca, dijo: "Exhortamos al Congreso de la República a aprobar la ley que establece el terrorismo urbano. Los peruanos ya derrotamos al terrorismo en el pasado, y de la misma manera venceremos a estas bandas de delincuentes."

Un disparate por donde se le mire. ¿En qué cambiaría llamar “terrorismo urbano” a la delincuencia callejera? ¿Eso haría que la PNP trabaje mejor? ¿Acaso daría sentido a los inservibles estados de emergencia que llevaron a destacar militares en el centro comercial Larcomar de Miraflores? No contenta con proferir tonterías, acusa a la prensa de no propalar los logros de su Gobierno.

Todo este conjunto de insensateces explican el bajísimo porcentaje de aprobación -cero si se considera el margen de error estadístico- pero no permiten predecir la reacción de una población desesperada. Acá entramos en el inestable terreno de las emociones. Es indudable que los cincuenta muertos de las protestas han instalado un arraigado temor en quienes están abandonados a su suerte. Por eso también es que las mayores manifestaciones se dan en Lima. La mayoría de esas personas ejecutadas a balazos en la calle por las FFAA y la PNP, residían en ciudades de provincia, en particular de la sierra. Exactamente lo que ocurrió durante el Conflicto Armado Interno.

El racismo y el clasismo, estructurales en la organización y funcionamiento de nuestra sociedad, hicieron y hacen que los ciudadanos pobres de ciudades altoandinas tengan menos protección simbólica y real que los de las urbes más modernas, en particular de la costa. Quienes quieren salir a las calles a expresar su repudio a este régimen y su absoluta incapacidad -o desinterés- para frenar a la delincuencia, saben que también se enfrentan a esa desigualdad fundamental. En el Perú las vidas, o los seres como canta Felipe Pinglo en el vals El Plebeyo, no son de igual valor.

No obstante, incluso el miedo puede alcanzar un punto de ebullición, en particular ante un Gobierno corrupto pero también inepto hasta para reprimir. Es entonces, en ese punto en que el miedo a los gobernantes es menor al que se tiene a los extorsionadores de las calles de las ciudades, que la cólera hasta entonces contenida, estalla. Es cierto, como dice Dina Boluarte, que derrotamos a Sendero. Pero también es cierto que derrotamos a Fujimori y Montesinos. Estuve en las marchas del año 2000 y en medio de la multitud se sentía esa pasión por la libertad que vence a los miedos más atávicos.

Porque cuando la cólera se aúna al deseo de ser libres, el resultado es la emergencia de eso que todas las dictaduras temen: la voluntad incontenible de regir nuestros destinos en libertad. En buena cuenta, en un Estado de derecho que a la vez sea capaz de contener a la delincuencia, que hoy parece ser funcional a los designios de un totalitarismo congresal. Los psicoanalistas sabemos -cualquier persona que se interrogue a si misma también lo sabe- que bajo los pensamientos y razonamientos, subyacen emociones y afectos que suelen tener la última palabra.

Si me permiten un contraejemplo, la Presidenta Boluarte puso en riesgo su Gobierno y su libertad por el afán imperioso de aprovechar su cargo para parecer más joven. Es probable que esta dictadura interna de la vanidad le cuesta la cárcel. Pero hay, como decía Pascal, razones que la razón no entiende. La vanidad, el narcisismo, son sin duda unas de estas razones en apariencia incomprensibles.

No nos engañemos. Si el rostro de la mandataria va cambiando, no es solo por obra del cirujano Cabani. Acaso de manera inconsciente, ella está asumiendo el rol de marioneta que cumple en este sistema de poder que nos oprime. Los titiriteros, como todos -literalmente todos según las encuestas- sabemos, están en el Congreso. Puede que ahora solo sea APP quien la banca. Pero todos la necesitan y es impredecible afirmar si se van a  arriesgar a vacarla, y nombrar a alguno de ellos en el cargo presidencial. La sombra del cadalso aguza el ingenio. Hace poco me econtré en una reunión con uno de las decenas de personas que podrían aspirar al cargo máximo. “¿Te presentarías?” le pregunté. “No quiero terminar en la cárcel” me respondió. No sin razón.

El mundo entero sabe que en el Perú los Presidentes enjuiciados y condenados, pueden terminar en la cárcel. Este puede ser un argumento decisivo de cara a las elecciones que se avecinan. Nadie sabe cuáles serán las opciones que podremos elegir. Nadie espera un milagro. Pero sí tenemos el derecho, acaso el deber, de hacer lo que esté en nuestro poder para elegir a alguien que no pertenezca a este sistema putrefacto. Eso significa que tendremos que presionar para obligarlos a dejar el espacio libre, a fin de elegir a una persona comprometida con el bien común.

Jorge Bruce

El factor humano

Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".