Un diario local informa que los propietarios del edificio recién incendiado en el Cercado recibieron antes amenazas de extorsionadores, que luego se cumplieron. Si esto es así, ese fuego es el pináculo de una escalada criminal que ya conocemos. La extorsión ha pasado de abalear buses con y sin pasajeros dentro a quemar un edificio.
Aunque la magnitud es totalmente distinta, lo sucedido en el centro de Lima evoca el atentado terrorista en Nueva York el 11 de septiembre del 2001. Si hay extorsionistas en esta historia, como afirman los propietarios, probablemente serán capturados. Pero lo más preocupante es la psicología de este delito y cómo ha ido evolucionando.
Cuando el auge empezó en Trujillo, hace algo más de 10 años, extorsionar era ir tras el enjambre de pequeños transportistas locales que entregaban una pequeña suma diaria para proteger su vehículo y acaso su vida. En un decenio de impunidad, este flagelo ha saltado hasta incluir a minas y a importantes empresas de transporte terrestre.
Que el transporte haya tenido que hacer sucesivos paros para tratar de empujar al actual gobierno a tomar seriamente cartas en el asunto, y que aun así no se haya logrado nada, es un lamentable signo de los tiempos. Pero no lograr nada es la mitad de la historia. Los delincuentes han logrado mucho, y la prueba está en la forma en que han crecido.
Aumentar el volumen de las víctimas de extorsión supone un aumento paralelo de las redes y la infraestructura en las bandas criminales. Estamos hablando de contactos operativos con las autoridades y el poder establecido, a todo nivel. Por eso el gobierno no responde a los paros, e incluso se puede decir que responde cada vez menos, al grado de acusar a las víctimas.
A medida que la extorsión aumenta su escala, crece el costo de la seguridad para las empresas afectadas y sus clientes. La difundida denuncia de que el Congreso viene legislando a favor de la delincuencia va de la mano de la idea de que una parte del Ejecutivo está haciendo más o menos lo mismo. Nerones ahora dedicados a quemar nuestra Roma.
Es obvio que los partidos pro-ministro del Interior en el Congreso quieren toda la estabilidad posible de aquí al 2026. Pero cabe preguntarse si eso es lo único que quieren. Quizás les interesa también la ineficiencia que fluye, como el agua de un jacuzzi, desde ese ministerio.
Un poemario cada tantos años. Falso politólogo. Periodismo todos los días. Natación, casi a diario. Doctor por la UNMSM. Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, Francia. Beca Guggenheim. Muy poco twitter. Cero Facebook. Poemario más reciente, Las arqueólogas (Lima, AUB, 2021). Próximo poemario, Un chifa de Lambayeque. Acaba de reeditar la novela policial Pólvora para gallinazos (Lima, Vulgata, 2023).