No alcanzan las condolencias y la solidaridad hacia los familiares de las víctimas del derrumbe del techo del Real Plaza de Trujillo. Los 8 fallecidos, y los más de 80 heridos pasaban un momento agradable iniciando el fin de semana, cuando la negligencia generalizada terminó con ellos. Real Plaza y la Municipalidad, no parecen tener ánimo de mostrar humanidad, sino de cuidar sus balbuceos de cualquier posibilidad de asumir responsabilidad.
Parte de la discusión que ha surgido alrededor de esta tragedia tiene que ver con el carácter público de la misma. Algunas voces, sobre todo en la red social laboral Linkedin, se levantaron indignadas acusando a quienes “quieren politizar” lo sucedido. Vamos por partes. Lo político es lo público, el escenario en el cual se trasciende la esfera privada y las personas compartimos un espacio común, en el cual prima la construcción del diálogo político.
En primer lugar, algo que ya es político no requiere un proceso de “politización”. La seguridad es un asunto público. La política cruza los asuntos públicos, con mayor razón si la autoridad edil tiene la responsabilidad de las licencias de funcionamiento de los locales, así como realizar la fiscalización correspondiente para que se mantengan las buenas condiciones de las infraestructuras. Esto, para garantizar la integridad y la vida de todas las personas.
En segundo lugar, que la empresa derrumbada sea de carácter privado no suprime el carácter público de la situación. Las empresas no funcionan como abstracciones etéreas que flotan sobre los hilos invisibles del mercado. Se encuentran situadas en la realidad: normas, trámites, funcionarios y regulaciones.
Lejos de pensar en una dicotomía separada con una espada entre lo público y privado, debemos comprender que los ámbitos se encuentran amalgamados, trenzados, tanto en la virtud, como en la corrupción y la negligencia.