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¿Qué pasa cuando se adapta la novela de un gigante como Dostoievski?

Con actores sólidos y una buena fotografía, Richard Ayoade nos ingresa a una película densa, pero rica, que no es fácil de ver. 

"El doble". Foto: Difusión.
"El doble". Foto: Difusión.

No soy de los que juzgan las adaptaciones buscando los lazos que los unan a las obras que los inspiraron. En este caso, me vale muy poco si ha habido fidelidad o no en la adaptación de una novela. Tratándose de géneros distintos que en aspectos narratológicos compartan más de un aliento, deberíamos enfrentarnos a ellos dentro de sus espacios de desarrollo, como mundos definidos en relación con su coherencia interna.

Tenemos excelentes adaptaciones de novelas mediocres, como la que hizo en 1960 Alfred Hitchcock de Psycho (1959) de Robert Bloch, que vendría a ser la adaptación referencial que ha fundado una corriente que impele a más de un director a recoger rasgos, retazos, de una obra literaria con el único fin de plasmarlo en el discurso cinematográfico. No es para menos, lo de Hitchcock le dio confianza a cientos de directores que no necesariamente tenían que depender de los grandes clásicos de la literatura.

En este sentido, días atrás volví a ver The Double (2013) del británico Richard Ayoade, y lo último en que pensé fue detectar cuán fiel era o no a la estupenda y homónima novela de Dostoievski.

Pues bien, a manera de trivia, tengamos en cuenta que el cineasta de 47 años exhibe una carrera por demás atractiva. Aparte de director, es también guionista y actor, y en cada uno de estos rubros le ha ido no menos que bien.

Este hombre no es ningún tonto, si hay alguna novela de Dostoievski capaz de activar un redondo proyecto cinematográfico, esa es El doble, novela de atmósfera y locura, par de aspectos que son suficientes para originar un universo de posibilidades, siempre y cuando se sea un artista como Ayoade, que supo mirar bien. Es gracias a su mirada que su película puede darse el lujo de catalogarse de redonda.

No se pudo tener mejor actor protagónico que Jesse Eisenberg (Simon/James), bien acompañado por Mia Wasikowska (Hannah). Eisenberg le da vida a un empleado burócrata nada contento consigo mismo, mientras Wasikowska le brinda la lúdica posibilidad de ser otro. Del más hondo marasmo existencial, comienza a cambiar la vida de nuestro protagonista, o mejor dicho, en barajar la posibilidad de cambio a una vida que lo aleje del parasitismo individual, motivado por la atracción que le confiere Hannah, es decir, abraza la posibilidad de cambio, la de ser otro, el otro aprobado por la pequeña sociedad en la que se mueve, el otro legitimado por su locura, la locura contenida que lo define desde las primeras escenas de la película y que se apodera de él ante un hecho que lo ilumina: la atracción y el deseo.

Ayoade la tuvo clara desde el principio: mostrar en toda magnitud la podredumbre del desarraigo, la robotización del hombre a cuenta de un sistema que privilegia resultados y no valores. Por esta razón, podríamos considerar también a The Double como una película política que no cae en el alegato a razón de la armonía estética que nos revela a un director capaz de cambiar y dominar registros sin que se sienta forzado, registros como el fantástico, el terror psicológico y el realismo.

Antes de abocarse a un posible éxito comercial buscando actores reconocidos y famosos, notamos que Ayoade se dedicó a buscar actores y actrices en todo el sentido de la palabra. Que sean reconocidos y famosos no era su idea. A Eisenberg y Wasikowska los apreciamos en cada una de las escenas, sosteniéndolas mediante despliegues histriónicos, convirtiéndolas en pequeños frescos del hartazgo, en las que se ha pensado en los más mínimos detalles, que van desde el vestuario hasta la fotografía, la cual contribuye esta última, por no decir que podría ser una protagonista más, a la carga atmosférica que percibimos en cada minuto.

Con actores sólidos y una buena fotografía, Ayoade nos ingresa a una película densa, pero rica, que no es fácil de ver. En ella, el espectador también tiene que poner de su parte, no solo su cuota de atención, que sería insuficiente, sino una cuota de voluntad no presupuestada, porque lo que consigue el director es proyectarnos y fastidiarnos en los silencios, en las miradas de sus personajes, que transmiten la fuerza de The Double.