Política

Rafo León: "Marchar es importantísimo. Es un asunto de autoestima también, de decir que no estábamos adormecidos"

El periodista y artista plástico habla de la necesidad de las manifestaciones en las calles y de las conquistas sociales conseguidas por su generación que hoy son desmontadas por gobiernos conservadores.

Rafo León dejó la TV en 2017, desde entonces se dedica a la pintura. Fotografía: John Reyes / La República
Rafo León dejó la TV en 2017, desde entonces se dedica a la pintura. Fotografía: John Reyes / La República

“La vejez es una tragedia. Y en nuestro medio es una hecatombe”. Rafo León, periodista, conductor de TV y pintor, reflexiona con estas palabras sobre el tiempo que le ha tocado vivir a los mayores de 70 años. Rodeado de los intensos colores que habitan en su taller de pintura, habla de una sociedad que abandona a los viejos, que los ve como estorbos. Esta semana, en Facebook, lanzó una convocatoria para que las personas de su edad salgan en defensa de las conquistas sociales de su generación, que son desmontadas por gobiernos conservadores. Ha llamado “viejos dignos” a ese grupo y hoy pretende organizarlos.

Algunos viejos dignos estuvieron en la marcha del viernes, ¿por qué es importante marchar hoy en el país?

Bueno, porque desde Castillo en adelante, desde la pandemia en adelante, no hacemos otra cosa que decir que el Perú está adormecido, que el Perú está aborregado. Y entonces, de repente es momento de demostrar que no es así, este es el momento en el que ya se colmó todo lo imaginable. El caso de la delincuencia, que es el tema de la convocatoria, es un síntoma de un mal muchísimo mayor, cuyos contagiados peores están en el gobierno, en el Congreso. Entonces, creo que marchar es importantísimo, como un asunto de autoestima también, y de coraje, de decir que no estábamos adormecidos.

¿Y Quiénes son los viejos dignos? ¿Quiénes califican en esta categoría?

Mira, cuando se me ocurrió esta idea, empecé pensando estrictamente en mi generación. Yo nací en el año 1950. Mi generación ha sido muy prolífica, para bien y para mal, en mil aspectos. ¿Por qué? Porque es previa a la polarización. Es una generación de una pluralidad extrema, en la que ocurría todo, porque no estábamos polarizados. Y cuando lancé la convocatoria, subió fuerte. Tenía, en muy poco tiempo, más de 1.500 entradas y adhesiones de gente que no corresponde necesariamente a esa cronología, pero que quiere estar.

¿Y cuál es su tema?

Yo mantengo la idea de los nacidos en los años 50. Ahora, ¿quiénes son? Son personas, creo yo, que queremos reivindicar todo lo que esta gente tan banal, tan superficial y tan baladí, que nos está gobernando acá y en el mundo entero, ha empezado a borrar. Pensemos en el Perú primero y después en el mundo y verás que están pasando las mismas cosas. Cosas que se consiguieron, no quiero decir que las hicimos nosotros, en la generación de los 70. Hablemos de feminismo, hablemos de las minorías sexuales, hablemos de la conciencia ambiental, hablemos de la euforia tremenda por los derechos humanos. Todo eso está empezando a ser desmontado acá y en el mundo por la vía legal, eso es impresionante. O sea, los gobiernos están borrando la historia.

Los gobiernos conservadores.

Claro, es que casi ya no hay de los otros. Y también están los no conservadores como Maduro u Ortega.

Que podrían ser conservadores de izquierda tranquilamente.

Porque es la misma cosa, exactamente la misma cosa. Entonces, vuelvo a definir mi idea, somos gente que no quiere -pero no me entiendas en términos tan racionales ni políticos, quizá en términos existenciales, personales- sentirse excluida de la mesa. O sea, hemos hecho muchas cosas en el tema de la cultura, de la política, del deporte, del arte, del periodismo, del cine.

Y sientes que todo eso se está borrando.

Sí, ahorita hay una ley que está acabando con el cine peruano, por ejemplo. La fusión de los ministerios, el de la mujer con el otro, es un retroceso enorme respecto al femenino. ¡El tema de las ONG! Mira, mi generación es la generación de las ONG. Es cierto, hubo muchísimas, quizás demasiadas. Pero hubo muy buenas. O sea, yo no me puedo imaginar a mi generación sin Desco. Desco fue un motor de producción intelectual y política, sociológica, literaria, que marcó toda una generación. Y ahora el sistema es perverso. O sea, no solamente le quitan el trabajo a los caviares, como dicen ellos, sino que le quitan a la gente que no tiene recursos la posibilidad de ser asistida legalmente. O sea, ahorita no podría haber abogados que defiendan a los niños que se enfermaron con las conservas de Demartini. Se acabó. No es posible, según esta ley, que se litigue en contra del Estado. Lo que a mí me impresiona más es que es por ley. No es porque un sector de la sociedad reaccione. Las leyes nos están haciendo retroceder. Hace cuatro días, en Hungría, (Viktor) Orbán ha prohibido por ley la marcha del orgullo gay. ¿Por qué? Porque atenta contra las buenas costumbres. Es el mismo argumento que usó el monseñor que prohibió el mambo acá, en la época de la alcaldesa Anita Fernandini de Naranjo. Retroceso puro.

La polarización y lo caviar

Al hablar del menosprecio a lo conseguido por tu generación dices: “No me resigno a que la sociedad hegemónica de hoy nos arrincone como escobas viejas, descalificando todo lo que como grupo humano hemos hecho acá y en el mundo entero”. ¿Cuál ha sido el ninguneo más grande que se le ha hecho a lo que ustedes consiguieron?

En el Perú, creo que el ninguneo más grande es el habernos afincado de manera muy acotada en el sector caviar. Con todo lo que eso implica. Nos dicen caviares, inútiles, vividores, sinvergüenzas que lactan del Estado. Todo es falso. Pero para la derecha, el caviarismo está más representado en mi generación.

¿Y tú mismo te has sentido señalado, individualmente?

Claro, en la medida que soy parte de esa generación. Cuando opino de política, siento que hay una reacción contraria en muchos sectores bajo el mismo argumento: Ese es un caviar

Rafo León es un caviar.

Sí, y con eso ya se acabó.

La palabra caviar es mágica, sella cualquier discusión.

Es mágica, tan mágica como facho. Yo te hablaba hace un momento de la gente que no quiere la polarización. La polarización tiene mucho que ver con el código de las redes sociales. Pero tiene que ver también con la necesidad de la gente de aferrarse a algo que le dé seguridad. O eres caviar o eres facho. No hay posibilidad alguna de conversar siquiera. Por eso es importante marchar. La gente quiere estar y no quiere estar arrinconada. Quiere tener poder de decisión. Quiere que su opinión sea escuchada y respaldada. Mira, en Chile hay un movimiento importante contra el edadismo.

El ageism del que hablan los anglos.

Sí, en Chile hay un movimiento importante que reclama eso, que se les aproveche. ¿Cuánta gente de mi generación, que ahora está jubilada, podría ser voluntaria en trabajos arqueológicos? ¿Tú sabes que en el mundo hay un turismo de viejos que va a hacer eso? Van a ayudar a los arqueólogos en tareas sencillas. Con lo cual liberan al arqueólogo de un montón de cargas.

Esa es otra discusión.

Sí. La de la inutilidad de los viejos.

Claro. La sociedad ve a los viejos como inútiles a los que mejor se les deja yacer hasta que termine su tiempo.

Así es. Es el maltrato. Y es un fenómeno global. Yo estuve en París hace no mucho y en la casa vecina a la que me hospedaba, una anciana jubilada, sola, estuvo muerta nueve días. Nadie se enteraba.

Es lo mismo que le pasó a Gene Hackman. Todo el mundo hablaba de él en redes sociales pero nadie iba a verlo.

Exactamente. O sea, ya ni siquiera tenemos un lugar post-mortem. Ni siquiera podemos descansar en paz. Ahora, es cierto que en una sociedad como la peruana, que todavía tiene algo de querendona, los viejos podemos contar con la familia. No necesariamente para lo económico, pero sí para lo afectivo. Yo tengo una enorme satisfacción en ese aspecto. Yo tengo cuatro nietos. El hijo de Adriana, que tiene 14 años, y las tres hijas de Bernardo, que son trillizas, de 16 años. Bueno, mis nietos, adolescentes, se mueren de ganas de ir el domingo a almorzar a mi casa, a matarnos de risa, a que yo les cocine, a divertirnos y también a hablar de cosas serias. Ellos se informan mucho de política, preguntan, están atentos. Y mi esposa Pilar, que es maestra jubilada, los ayuda con las tareas. Entonces es perfecto, porque llegan al lunes con unas tareas magníficas (se ríe).

El destino final de los viejos en el Perú

Un tema importante es que en el Perú no se discute que la esperanza de vida es cada vez más alta.

Y no hay donde ir.

Claro, nadie piensa seriamente qué va a pasar con la gente que pasa la barrera de los 70.

En la ciudad es terrible porque no hay lugares de acogida, los asilos son casi inexistentes. Canevaro es un horror. Pero yo he visto en los viajes una cosa tremenda, cuando se creó Pensión 65, muchos viejos en el campo viven solos, totalmente solos.

¿Mueren solos?

No, cuando van a cobrar, porque tienen que ir a cobrar su pensión, al día siguiente llegan los hijos y se la quitan. Le dejan lo elemental para que coman y le quitan lo demás. Entonces, llega un momento en el que dejamos de ser y nos convertimos en estorbos, nos convertimos en material de desecho, en molestia. Y eso a mí me duele doblemente, no solo por el hecho en sí, sino porque con eso también estás borrando el capital que ha representado esa gente.

Hemos hablado de las conquistas de tu generación, ¿qué es lo que más te decepcionó de ella?

De un sector de mi generación que fue hegemónico, la izquierda cristiana, me decepcionó una idea muy idealizada, muy banal. ¿Qué pasó? Mucha de la gente de izquierda cristiana pensaba que los pobres nacían con una especie de bondad infusa, que eran buenos, que eran el hombre nuevo, y que había que cuidarlos como a bebitos. ¿De qué había que cuidarlos? Del enemigo principal que era el capitalismo. Bueno, en los 80 llega el batacazo, llega el sinceramiento del mundo. Y de pronto mi generación, o esa parte de mi generación, se dio cuenta de que no, de que los pobres, igual que tú, que yo, querían capital, querían desarrollo capitalista, querían tener plata. Eso para muchos fue un sacrilegio. Muchos cayeron en depresión, muchos cayeron en negacionismo, y muchos se desviaron hacia posiciones radicales ya más graves. Para ellos era insostenible que se caiga el modelo con el que habían analizado la realidad durante tanto tiempo, que tenía que ver, además, con su propia idea de un Dios que estaba al servicio de los pobres. Eso era mentira, Dios no existe.

Naciste en 1950, por lo tanto, en 1968 llegaste a la mayoría de edad.

Ojo, en mi generación llegabas a la mayoría de edad a los 21.

De acuerdo, pero viviste un momento contracultural bien interesante, jipis, minifaldas, toda la cosa lisérgica.

La música.

Sí, ¿tú estuviste muy metido en eso o lo viste a la distancia?

No. Yo pertenezco a una franja en la que se conjugan ciertas propuestas de izquierda universales con un jipismo fuerte. Yo sí tuve viaje iniciático al Cusco. Yo me he fumado las palmeras enteras (sonríe). Y, además, siempre he sostenido valores como la solidaridad. Pero también debo decirte, a mi favor, que nunca me tomé demasiado en serio ni lo uno ni lo otro. Siempre he estado ahí, pero no tanto.

¿No tenías militancia?

No, militancia no. Ni en la izquierda ni en el jipismo. Lo que me acogió muy bien con esta posición fue Monos y Monadas. Ahí, sin darnos cuenta, nos reunimos talentos, y bastante buenos, que no nos tomábamos demasiado en serio las cosas, ni siquiera a la izquierda que defendíamos. Siempre era con una distancia. Fue un hito decisivo en mi vida,

El humor y la cultura de la cancelación

El humor es interesante. En estos tiempos el humor se ha perdido, todos estamos un poco rabiosos.

El humor se ha perdido por la polarización y luego por la corrección política. La corrección política ha sido el insecticida que ha acabado con el humor. Mira, te invito a que busques en los archivos las carátulas de Monos y Monadas. Ninguna podría ser publicada ahora. Te caerían con todo, para empezar la ley. Es la corrección política mal entendida. Porque yo sí creo que hay un segmento de corrección política que es bueno defender y mantener. Pero cuando se llega al extremo de la cancelación, ya estamos hablando de otra cosa.

Ahora, tú has escrito bastante sátira, creaste a la China Tudela.

Yo no podría mantener a la China Tudela ahora. Estaría preso.

¿Y reconoces algún exceso, algún chiste grueso?

Muchísimos. Y me arrepiento mucho de eso, por supuesto que sí. Tendría que pedirle disculpas a demasiadas personas, por eso no se las pido a ninguna (se ríe).

A los adherentes a tu convocatoria les has pedido que hagan una lista larga, desde Odría hasta Boluarte, para que digan qué sienten por cada uno de los presidentes que hemos tenido desde 1950.

La idea es que se proyecten. A mí me pasa una cosa, yo no puedo ver por televisión la cara del presidente. Me produce un escalofrío.

¿Sea cual fuera?

Menos de Ollanta, ¿sabes? Ollanta es más cabeza clava Chavín, no se le nota el cinismo. No quiero decir que no lo tenga, sino que es cachaco y tienen un cierto control. Yo a él sí lo he escuchado, a pesar de que no me gusta, pero con los demás no puedo. Mira a Boluarte, es una mujer de origen serrano, pero es una misti: blancona, arrogante, acostumbrada a maltratar, a dominar. Y que, si quiere hacerse cirugía en la nariz y mentir, se la hace. Por eso le planteé a los viejos dignos qué sentían frente a ellos. Y es curioso. Creo que la totalidad respondió con los clichés del caso. “Odría: robó e hizo obra”. “Belaunde: honesto pero rodeado de corruptos”. “Velasco: Para unos es un hijo de perra y para otros nos salvó de Sendero”.

Claro, y todos destacan las figuras de Paniagua y Sagasti.

Exactamente, eso es bien sintomático. Y yo siento que, mal que bien, y esto es algo muy personal, aunque eran presidentes realmente horrorosos, todavía gobernaban, aunque sea para su propio interés, aunque sea para favorecer a un sector.

Presidentes que no gobiernan

¿Hasta cuándo? ¿Hasta Kuczynski?

Exactamente. Tú lo has dicho, hasta PPK. Yo sentía que gobernaban. Eran presidentes, tenían un partido, tenían una oposición, había la posibilidad de una pelea entre oposición y oficialismo, y ahí surgían cosas. Y la gente estaba muy motivada en un sentido o en otro. Pero algo pasa después de PPK que empieza el piloto automático. Algo pasa para que lleguemos de PPK a Castillo y Boluarte, que ya no gobiernan.

Bueno, entre PPK y lo que vino después hay un paréntesis grande: la pandemia.

Sí. Yo tengo la impresión de que hubo mucha expectativa en el mundo respecto de lo que iba a pasar después de la pandemia. Y había una corriente muy poderosa que decía que íbamos a salir mejor de lo que entramos. ¿Te acuerdas?

Qué ingenuos fuimos.

¿Qué fue la pandemia? La gripe española, en los años 20, mató a 50 millones de personas en Europa. Y esta pandemia, fíjate, muchos años después, con una medicina que se suponía muy avanzada, mató a 7 millones, que no es poca cosa. Entonces, todos nos hemos sentido amenazados. Nuestras vidas estaban en juego, de rey a paje. Yo he regresado de la muerte, literalmente.

¿Cuánto tiempo estuviste en UCI?

Estuve 25 días y 3 meses hospitalizado. Regresé de la muerte, sin más. Entonces, para mucha gente que no era buena, descubrir que no se murió en la pandemia, le quitó todos los frenos. Dijeron: “Si no me morí en la pandemia, yo puedo hacer lo que me dé la gana”. Y ahora piensan, como los ministros de Dina, o como los empresarios que quieren hacer pesca industrial en la Reserva de Paracas, que nada les impide hacer lo que siempre han querido, y además tienen el poder.

Dices que el virus borró todo escrúpulo en la sociedad.

Por supuesto, entre los sobrevivientes. Por eso es que yo no creo que sea tan casual la coincidencia entre post-pandemia y delincuencia. Están haciendo lo que les da la gana porque la muerte no los alcanzó.

Te hago dos preguntas y terminamos. Tu taller de pintura es tu refugio, ¿viniste aquí después de la pandemia?

Bastante antes. En el 2017. Lo que pasó fue que me quedé sin el programa, pero eso no fue lo que me preocupó. Lo que me preocupaba era quedarme vacío. Yo pensaba: “Dios mío, ¿qué va a hacer de mí en adelante? ¿Me levanto muy temprano, voy a desayunar, voy a ducharme, voy a vestirme, y me voy a sentar a ver series?". No, ni cagando. Y entonces retomé algunos escarceos que tuve con la pintura, con algunos maestros, y me instalé y trato de consolidarme.

Tú eres daltónico, ¿cómo pintas?

Ah, ya ves tú. Cristina Gálvez, que fue mi profesora en una época, me dijo, cuando descubrió mi daltonismo: “No se te ocurra ver eso como una desventaja, al contrario, tú vas a poder hacer tu propia clave cromática”. Y hay algo de eso, ¿no? Los colores que uso son bien raros.

Final, ¿cuál de tus experiencias te llena de orgullo? Como tú dices, ¿cuál de ellas te permite ir con paso sereno y satisfecho al crematorio?

Los 17 años y 400 programas de Tiempo de viaje. No solamente porque a la gente le gustaba el programa, que estaba muy bien hecho, y porque trabajaba con un equipo de chicos que eran unos tigres. Si no, porque me permitía hacer lo que me daba la gana. Y mi idea no era conducirlo. Yo tenía 50 años, ya me sentía viejo. Pero hicimos el piloto. Nos fuimos a Pachacámac, y cuando vi la cámara frente a mí yo pensé, bueno, si me preocupo de la papada, de la barriga, del chalequito, del zapato, no vamos a ningún lado. Entonces dije:  "Acá no hay cámara. Acá hay una persona. Y a mí no me importa”. Y te juro que no me importa cómo aparezco.

¿Y siempre has sido así? ¿Nunca te ha importado la facha?

No, de chibolo yo era bien bonito, mi abuela me decía niño de oro.