En mi anterior columna, dedicada también al tema de la batalla cultural -que considero central en el actual contexto global y en su forma de incidencia en el acontecer nacional- hacía mención a una cita de Giuliano Da Empoli respecto de que “por primera vez en mucho tiempo, la vulgaridad y los insultos personales han dejado de ser tabú. Los prejuicios, el racismo y el sexismo salen de su escondrijo. Las patrañas y las teorías conspirativas se convierten en una clave para interpretar la realidad”.
Hablábamos allí, además, del peso de los algoritmos y las redes sociales en la promoción de la desinformación, pero también en la diseminación de discursos de odio. Diversos estudios nos vienen mostrando cómo este odio no se esparce por igual y desde todos los frentes, sino que tiene como punto de irradiación posturas homófobas, racistas y misógino machistas. Si machistas.
Y es que, dentro del imaginario de la derecha de una “batalla cultural” en defensa de determinados “valores tradicionales” parte importante del enemigo común que intentan construir en el imaginario colectivo es el feminismo, aunque en realidad apuntan a cualquier mujer que se encuentre fuera de sus cánones e intereses.
Así, para estos actores no solo el feminismo es peligroso sino toda mujer que se atreva a pensar, actuar o disentir, lo que nos lleva a observar de forma alarmante la violencia digital en redes sociales que enfrentamos las mujeres, especialmente aquellas que participan activamente en la política, el periodismo y el activismo.
Las redes sociales, convertidas hace tiempo ya en campo de batalla, son fértil tierra de acoso, amenazas, difamación y divulgación de información personal de estas mujeres, con el objetivo de amedrentarlas y expulsarlas de la esfera pública.
En días recientes hemos visto circular un video de la periodista Clara Elvira Ospina, del medio Epicentro, en que la vemos leer el conjunto de insultos y adjetivos vergonzantes con los que es atacada violentamente por un conjunto de usuarios de las redes sociales.
No es la primera vez que esto ocurre ni es Ospina la primera periodista, analista o mujer política que se enfrenta a este tipo de agresiones. Nombres hay varios que se nos pueden venir a la cabeza. Más allá de si las agresiones en este caso provienen de una granja de ‘trolles’ (y de lo delictivo de que puedan ser pagados con dinero público) me parece importante señalar la particular inquina y el tipo y forma de agresión que se comete contra las mujeres en la esfera pública.
A las mujeres se nos ataca, primero, pretendiendo ofender nuestro comportamiento sexual. Sendas variantes de ‘prostituta’ riegan los insultos a mujeres políticas, periodistas o analistas. Conocemos múltiples casos de hombres que “vendieron” su línea editorial o sus votos parlamentarios, pero ninguno al que le dijeran prostituto.
Otra agresión común es calificar nuestros cuerpos y “atractivo físico”. Ese sinfín de adjetivos e insultos mediante los cuales parece ser que, si se es flaca o gorda, alta o baja, mucho o poco agraciada, todo ello es razón para descalificar ideas, conocimiento u opinión.
Mención particular a las amenazas de violación, tortura o asesinato que más de una ha enfrentado en las redes sociales y que rara vez logramos que sean entendida como lo que realmente son, un grave delito.
En su libro “El síndrome de Borgen, por qué las mujeres abandonan la política” (Penguin, 2024), Nuria Varela señala que “hoy se está llevando a cabo una reconfiguración de la identidad masculina basada en comportamientos violentos online, como la difusión de memes misóginos el troleo a figuras públicas feministas y el insulto constante a mujeres que osan habitar los espacios virtuales (…)”.
Es fundamental reconocer que la violencia de género ejercida contra las mujeres en medios digitales y redes sociales no es un fenómeno aislado ni sólo una muestra más del machismo generalizado de nuestra sociedad, sino que en los últimos años ha ido cobrando cierto grado de organicidad y forma parte de un patrón más amplio de ideas y acciones que los promotores de la batalla cultural promueven.
Así, comprendamos la violencia en redes sociales ejercida por los soldados de la batalla cultural como una forma más de violencia política, y digna por tanto de medidas organizadas para combatirla.
Es importante señalar que la violencia contra estas mujeres no solo les afecta de forma individual, sino que repercute en nuestra sociedad y nuestra vida política.
La violencia contra las mujeres que participan activamente de la política puede ser determinante para que estas efectivamente se aleje de ella, lo que implica una pérdida en la posibilidad de representación de ciudadanos o ciudadanas que pudiesen sentirse afines a ellas; pero, además, el resultado de menos mujeres participando en la política es también el de una democracia de menor calidad y diversidad de voces.
Así mismo, la violencia contra mujeres periodistas tiene un impacto más amplio en la libertad de expresión e incluso en la calidad del periodismo que estas mujeres pueden ejercer, pues puede llevarlas a autocensurarse.
Y así como vengo insistiendo en la necesidad de respuestas organizadas, toca en estas ocasiones recordar que la fuerza de las mujeres, y de las mujeres feministas, ha de estar en nuestra capacidad de abrazarnos y rodearnos para protegernos, de acompañarnos y solidarizarnos, pero, sobre todo, organizarnos y actuar en conjunto. Frente a la violencia de la batalla cultural contra las mujeres, esa que pretende reducirnos a la mínima expresión y que en el marco global resulta aún más aterradora, toca actuar con verdadera sororidad. Nos toca estar a la altura.
Politóloga, máster en políticas públicas y sociales y en liderazgo político. Servidora pública, profesora universitaria y analista política. Comprometida con la participación política de la mujer y la democracia por sobre todas las cosas. Nada nos prepara para entender al Perú, pero seguimos apostando a construirlo.