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Odio, desinformación y la batalla cultural, por Paula Távara

La batalla cultural no tiene negociación de paz posible con estos actores, solo la demolición les resulta aceptable. Advertidos estamos.

Cristóbal Rovira señala que “hasta hace no mucho tiempo, el tema de la ultraderecha era contemplado desde América Latina como un fenómeno lejano”. Hoy, sin embargo, tras una pandemia que desnudó con crudeza las carencias de nuestros Estados y la fortaleza de un triunfo cultural de principios del individualismo y el mercado, América Latina tiene el triste mérito de contar con una extrema derecha cada vez más empoderada.

Preocupa no solo el cómo la extrema derecha se ha armado como movimiento en la región, sino el crecimiento de su tribuna, escaparate y altavoz con que cuentan y cómo estos han logrado posicionarles en cargos de representación popular desde los cuales toman decisiones que afectan a millones de personas, muchas de ellas basadas en su esfuerzo de “batalla cultural”.

Detrás de ese crecimiento es posible plantearse, entre otros, dos factores relevantes, como señala Giuliano Da Empoli en su libro Los Ingenieros del Caos (Oberon ed., 2020): por un lado, la percepción generalizada de que “no hay nadie que oriente la cólera que la población acumula” frente a una realidad material de desigualdad, cambios de paradigmas y demográficos, pobreza, etc; por otro, las facilidades para la expansión de determinadas ideas mediante las tecnologías de la información.

Y es que, en si mismas, las realidades materiales críticas que pueden golpear diversos países, señala Da Empoli, si bien son relevantes “no son suficientes para explicar la magnitud de la agitación actual. Así lo atestigua, por cierto, el simple hecho de que, casi en todas partes, no sean necesariamente los más pobres, o los más expuestos a la inmigración y el cambio, quienes se echan en brazos” de estas ideas.

Es que es posible que de golpe grandes bolsones ciudadanos hayan decidido posicionarse contra los migrantes, las diversidades sexuales, el feminismo y las vacunas, “pero es más probable que internet y el advenimiento de teléfonos inteligentes y redes sociales hayan tenido algo que ver en ello”.

En un mundo plagado de realidades cada vez más complejas y abundancia de información de todo calibre y credibilidad, resulta más fácil emplear las tecnologías -siempre mediadas por los algoritmos, claro- para muchas personas aceptar las respuestas simples, aquellas que nos ofrecen “al fin y al cabo, una explicación plausible a las dificultades en que nos encontramos. La culpa es de otros, nos dicen, que no hacen más que manipularnos para lograr sus perversos objetivos”. Parece cosa de teóricos de la conspiración, pero se trata simple y llanamente de actores políticos buscando hacerse del poder.

Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT) señalaba que una información falsa tiene 70% más de probabilidades de ser compartida en internet, porque es generalmente más peculiar (y por tanto más atractiva) que una verdadera y que, en las redes sociales, la verdad tarda en llegar a la ciudadanía unas seis veces más que las fake news.

Además, diversos estudios llevan años mostrando el poder de las redes sociales para exacerbar conflictos y radicalizar discursos, lo que puede llevar luego con no gran dificultad a pasar a la violencia en el mundo real, como bien conocemos en el país quienes hemos visto el accionar de grupos violentistas como La Resistencia.

Hoy que el contexto global parece favorecerles, eso les envalentona, y de pronto oímos a un presidente declarar pedófilos a quienes se identifican con determinadas identidades sexuales y a otro acusar a las políticas de inclusión y diversidad de ser responsables de un accidente aéreo.

Por eso también en nuestro país crecen en tribuna quienes insisten en responsabilizar a las mujeres de la violencia sexual que se ejerce contra ellas, quienes buscan censurar el arte y quienes alimentan el discurso contra uno de los mayores logros de la ciencia, como son las vacunas.

Por eso cobra fuerza mediática un discurso alrededor de que la Agenda 2030 -un conjunto de principios promovidos por la ONU que buscan mejorar la calidad de vida de la población mundial- sería en realidad un plan para reducir a la población, promoviendo la unión de personas del mismo sexo como forma de limitar la reproducción y la vacunación como mecanismo para insertar sustancias nocivas que generen “muerte programada en el tiempo según los lotes”.

Y aunque lo dicho pueda resultar risible para las y los lectores habituales de esta columna, no podemos seguir actuando como si se tratara de una “panda de locos”. La respuesta no puede seguir siendo una especie de superioridad moral o intelectual, sino que requiere de organización y desarme de sus pseudo argumentos. Porque por cada miembro de la “panda de locos” hay quienes reciben esa información mediante redes sociales y que no encuentran en cambio quien rebata su discurso.

Giuliano Da Empoli ha señalado bien, además, que “por primera vez en mucho tiempo, la vulgaridad y los insultos personales han dejado de ser tabú. Los prejuicios, el racismo y el sexismo salen de su escondrijo. Las patrañas y las teorías conspirativas se convierten en una clave para interpretar la realidad”. Así se alimenta la ira y el algoritmo. Así se crece como contendiente en la batalla cultural, pero a su paso se arrasan principios y actitudes necesarias para la continuidad de la democracia, como el respeto, el argumento, la escucha y el intercambio de ideas.

Y es que a estos grupos nada de ello les importa, porque la democracia. Como bien lo ha dicho en días recientes Martín Tanaka, “esta nueva derecha plantea esa defensa en términos bélicos, de una “batalla” en la que se trata de generar identidad mediante el recurso de construir un “enemigo” con el que no se puede conciliar, por lo que correspondería “destruirlo”. La batalla cultural no tiene negociación de paz posible con estos actores, solo la demolición les resulta aceptable. Advertidos estamos.

Paula Távara

Politóloga, máster en políticas públicas y sociales y en liderazgo político. Servidora pública, profesora universitaria y analista política. Comprometida con la participación política de la mujer y la democracia por sobre todas las cosas. Nada nos prepara para entender al Perú, pero seguimos apostando a construirlo.