Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar: 95% permanece en la informalidad y más de un tercio ha sufrido de discriminación
Pese a la existencia de una ley que regula el trabajo doméstico, la falta de contratos, el desconocimiento de sus derechos y la presión emocional impiden que accedan a condiciones laborales justas.
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A sus 63 años, Sofía recuerda su primer trabajo. Comenzó a los siete, en su natal Cajabamba, Cajamarca, cuidando a un bebé recién nacido de apenas 15 días. En la sierra, el trabajo era diferente y el contexto también. Las circunstancias y las oportunidades hicieron que, a mediados de los setenta, tomara la decisión de migrar hacia la capital para continuar haciendo lo que desde muy joven aprendió: a cuidar. Hoy, casi 50 años después, ya no cuida de otros, sino de las suyos. Y está orgullosa de eso.
Sofía Mauricio es una miembro activa del Consejo Directivo de la ONG Asociación Grupo de Trabajo Redes (AGTR), un organismo dedicado a la protección y promoción de los derechos de las trabajadoras del hogar, un sector aún vulnerable y discriminado en los espacios de la formalidad. A la fecha, muchas de estas trabajadoras no gozan del respaldo efectivo de la ley, a pesar de su existencia. Por ello, en su día, Mauricio nos recuerda la importancia de reconocer que lo que hacen es trabajo digno y debe ser reconocido como tal.
“Si nuestras condiciones laborales fueran justas, podríamos desempeñarnos mejor. Así, estaríamos tranquilas, cumpliríamos mejor con nuestras responsabilidades y podríamos atender a nuestras familias. Muchas trabajadoras del hogar son jefas de hogar y sacan adelante a sus hijos solas”, condena.
La informalidad y el desconocimiento de la ley
Cada 30 de marzo se conmemora el Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, una fecha que sirve para reconocer la labor de miles de mujeres en el país, pero también para denunciar las tareas pendientes. Según información de la Asociación Grupo de Trabajo Redes (AGTR), el 95% de las trabajadoras del hogar en Perú siguen laborando en la informalidad. Esto ocurre a pesar de que desde 2020 existe la Ley 31047, que regula la relación laboral de las personas que realizan trabajo doméstico.
Sin embargo, muchas de estas trabajadoras desconocen los alcances de la norma, que es supervisada por el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE). La ley establece, entre otros aspectos, la obligatoriedad de un contrato de trabajo doméstico que debe ser registrado por el empleador en una plataforma web. Este documento formaliza la relación laboral y garantiza a las trabajadoras del hogar el acceso a todos los derechos estipulados en la normativa. No obstante, a pesar de la existencia de esta regulación, muchos empleadores optan por eludir este procedimiento esencial, perpetuando así la informalidad en el sector.

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“Los empleadores no saben, o no quieren saber, cuáles son sus obligaciones al contratar a una trabajadora del hogar, y muchas trabajadoras desconocen sus derechos. Aún aquellas que los conocen sienten temor de exigir su formalización, porque piensan: 'Si sigo exigiendo, me quedaré sin trabajo'. Esto es un problema, porque el trabajo de las trabajadoras del hogar es un empleo como cualquier otro y debe ser reconocido”, explica Mauricio.
Asimismo, pese a la importancia de contar con un contrato, la ley no lo señala como un requisito obligatorio para cumplir y acceder a los beneficios que la norma establece. “Muchos piensas que sin un contrato, la persona que contrata a una trabajadora del hogar no está obligada a darle seguro de salud, gratificaciones, vacaciones, entre otros derechos. Pero la ley no dice que solo quienes tienen contrato escrito pueden acceder a estos beneficios; todas las trabajadoras del hogar tienen derecho a ellos”, acota.
Un trabajo invisible e informal
De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y según el último registro de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO), en el Perú aproximadamente 450 mil personas que se desempeñan como trabajadoras del hogar, de las cuales el 95,6% son mujeres. De ese porcentaje, más de la mitad de estas mujeres trabajan en Lima, mientras que el resto se encuentra en el interior del país.
Sus condiciones laborales están marcadas por la desigualdad y la discriminación, pues siguen existiendo relaciones de servidumbre y dominación entre empleadores y empleadas, entre mujeres y hombres, entre mujeres de distintas clases sociales y entre personas de diferentes orígenes étnicos. Una reciente encuesta de Ipsos señala que un 40% de estas trabajadoras reporta haber sido víctima de tratos humillantes o de discriminación. En ese sentido, en el Perú, el rechazo a este tipo de empleo está arraigado en patrones culturales que perpetúan la segregación, el machismo y el racismo en los hogares.

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A los patrones de desigualdad, también se le suma la carga emocional que muchas trabajadoras experimentan. Según afirma Mauricio, las trabajadoras son coeccionadas por quienes las contratan para no exigir sus derechos en el empleo, pese a no estar de acuerdo con él. “Las trabajadoras son frecuentemente culpabilizadas y presionadas por sus empleadores para que no exijan sus derechos laborales, incluso cuando no están conformes con sus condiciones de trabajo. Muchas temen perder su empleo si reclaman lo que les corresponde por ley”, señala Mauricio.
A su vez, la carga emocional influye en la permanencia en el empleo. “Las trabajadoras se quedan en su puesto por apego a los niños o a los adultos mayores que cuidan, porque sienten que nadie más los atenderá. Esto se convierte en una forma de manipulación emocional: 'Cómo vas a dejar a la niña, cómo vas a dejar a mi mamá que te quiere tanto'. Sin embargo, los derechos laborales no deben negociarse desde la emoción. Si una trabajadora recibe un trato justo, permanecerá más tiempo en su empleo”, concluye.

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El acceso a la salud: la otra cara del problema
El acceso a la salud es otro de los grandes desafíos que enfrentan las trabajadoras del hogar. Un último informe del proyecto ANITA, desarrollado en Perú con el apoyo del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC) de Canadá, revela que muchas de estas trabajadoras enfrentan una alta prevalencia de enfermedades crónicas como problemas musculoesqueléticos (17.3%) y obesidad (46%).
Sumado a ello, aunque muchas buscan atención médica, la mayoría recurre al Sistema Integral de Salud (SIS) o a los hospitales de solidaridad debido a la falta de un contrato formal que les brinde cobertura en EsSalud. Solo el 17% de las trabajadoras está afiliada, y muchas enfrentan tiempos de espera de hasta tres meses para una consulta.
Además, las enfermedades mentales, como la depresión, afectan a un 36% de las trabajadoras, muchas de las cuales se sienten incapaces de buscar ayuda debido al temor a represalias por parte de sus empleadores. "Los empleadores creen que las trabajadoras del hogar no tienen derecho a enfermarse", declaró una dirigente de trabajadoras para el proyecto ANITA. Mientras tanto, la necesidad de formalizar este sector continúa pendiente.