UTEC suspende clases tras muerte de docente en campus de Barranco

El otro Kenyi, por Rosa María Palacios


Fanny es puntual y diligente. Mucho antes de que todos lleguemos a trabajar ella ha limpiado pisos, mesas, sillas y ha vaciado los basureros. Limpia mi escritorio, limpia el set desde donde transmito Sin Guion y limpia el baño que uso todos los días. Lo hace en silencio, dedicando un “buenos días” y una sonrisa como la que entregan cada mañana los trabajadores invisibles, inconscientes de lo imprescindible de sus servicios.

Fanny crio cuatro hijos. Dos propios y dos de su esposo. Uno de ellos, Kenji Mirko Mamani Rosario hacía taxi colectivo en San Juan de Lurigancho la noche del lunes pasado. Un falso pasajero abordó su carro alquilado. Se sentó como copiloto. Lo mató de tres tiros. Dos en la cabeza y uno en la cadera. Kenji quiso defenderse y estrelló el carro contra un poste. Un perro mordió al delincuente que huyó en una moto. Herido, nadie supo más. Nada se sabe hasta hoy. Nadie lo ha buscado.

La historia de Kenyi será olvidada en unos días entre las de cientos de muertes iguales a la suya. Si lo buscan en Google encontrarán 5 notas periodísticas donde dan cuenta apenas de sus datos básicos: 26 años, soltero, vecino de San Juan de Lurigancho. Fanny me contó su historia recién el viernes, cuando vio al alcalde de su distrito llegar para una entrevista. Discreta, no se atrevía a acercarse. Pero quería hablarle de la violencia, quería que él sepa que le mataron a su hijo. La llevé con él y entre lágrimas (“yo no quería llorar más” decía) recibió un pésame verdaderamente sentido, por primera vez, de una autoridad. Cuanta integridad y cuanta resignación había en ella. Ni una gota de rabia, que cualquiera hubiera tenido con justicia. Solo un profundo dolor en el rostro inconsolable.

¿Qué hizo mal Kenji? Nada. Ganarse la vida trabajando, tenerlo todo por delante. Eso. Nada más y nada menos. No fue un requisitoriado, ni un delincuente. Tampoco “extranjero”. Ni terruco, ni caviar. Dudo que su madre entienda de esos pleitos banales y ese discurso estigmatizante con los que los políticos peruanos hacen hora mientras el pueblo se desangra. No hay consuelo para esta familia, como no lo hay para más de 1800 familias que han visto morir asesinados a sus hijos, padres, hermanos desde que el ministro, ya censurado, Juan José Santibañez, juró el cargo en mayo del año pasado.

Fanny quiso contar otros padecimientos, como si el suyo no fuera suficiente. Le dijo al alcalde que su vecina había cerrado su peluquería. “10,000 soles le pedían, ¿de dónde?”, le decía mientras que el alcalde Jesús Maldonado asentía. Sabe bien cada una de estas historias porque San Juan de Lurigancho es uno de los distritos más castigados por la barbarie sin fin que estamos viviendo. Fanny me dijo después que no puedes denunciar a los que todos en el barrio saben que están en el delito “porque te marcan”.

Enumerar asesinatos, sin rostro, te distancia de ellos. La fría estadística es un mecanismo de defensa muy humano para tomar distancia de la tragedia, para no involucrarnos, para preservarnos, para ser “profesionales”. Pero hay días en que la desgracia pasa delante de tu puerta. Hoy, para miles de familias peruanas esa es la situación, pero pronto, en esta lotería de la vida y la muerte que son las calles de tantas ciudades peruanas, serán millones las familias que tienen o conocen directamente a uno de los miles de fallecidos que el asesinato, el sicariato y la extorsión dejan a su paso. Ese es el legado letal de este gobierno. Eso, no cambia solo con la salida de Santivañez.

¿Qué hacer? No podemos resignarnos. La protesta es la única oportunidad de mostrar a las autoridades que esto es inaceptable. Los peruanos, hace apenas 3 años, soportábamos un promedio de dos muertes diarias por crímenes violentos. Hoy son seis al día. Si no hacemos nada, la cifra no va a parar de crecer. Protestamos con los muertos para evitar que más mueran a manos de una delincuencia impune e imparable. ¿Protestar es un acto político? Por supuesto que lo es. Todo acto ciudadano en el reclamo de un derecho es un acto político que el poder de turno repudia e intenta impedir o reprimir.

Lo segundo es no permitir que el miedo nos guíe. Sentir miedo es natural, pero lo que hacemos con él, depende de cada uno. El problema hoy es que el miedo no es solo ante el delincuente, es también ante la autoridad. Las represalias vienen de los dos lados. El discurso que denigra a las víctimas y a sus defensores está a los ojos de todos, para amedrentar al periodista, al abogado, al alcalde o al buen político (quedan algunos) que se atreve a levantar la voz para exigir justicia. El que se queja es desde caviar hasta terruco, pasando por delincuente. ¿Quién no ha visto ese discurso estos días desde el Ejecutivo y el Legislativo?

Ambos poderes del Estado, que solo tienen ojos para su ombligo, no son capaces de liderar las soluciones – que si existen – y lo único que ven son conspiraciones contra su permanencia en el poder. Cuando no legislan para su interés o legislan para la delincuencia, se dedican a perseguir al Ministerio Público, que es la entidad llamada a investigar los delitos que cometen todos, incluyendo a la presidenta, sus ministros, los congresistas y los líderes de sus partidos. Por eso, lo tercero es no aceptar el endose de culpas. Ya estamos bien curtidos para el “yo ni fui”. El pleito perpetuo entre el sistema de justicia y políticos corruptos, que tanta impunidad le ha regalado al crimen organizado, no pasa por la destrucción de la fiscalía para beneficio de los delincuentes en el poder político.

Mientras tanto, Fanny no ha dejado de ir a trabajar ni un solo día. Se ha secado las lágrimas para seguir limpiando con pulcritud. En el service de limpieza en la que le contratan no le han dado ni un día libre para enterrar a su hijo. Ella no se queja porque no quiere problemas. Me quejo yo. ¿Dónde está la humanidad, señores empresarios? ¿Dónde?

Rosa María Palacios

Contracandela

Nació en Lima el 29 de Agosto de 1963. Obtuvo su título de Abogada en laPUCP. Es Master en Jurisprudencia Comparada por laUniversidad de Texasen Austin. También ha seguido cursos en la Facultad de Humanidades, Lengua y Literatura de laPUCP. Einsenhower Fellowship y Premio Jerusalem en el 2001. Trabajó como abogada de 1990 a 1999 realizando su especialización en políticas públicas y reforma del Estado siendo consultora delBIDy delGrupo Apoyoentre otros encargos. Desde 1999 se dedica al periodismo. Ha trabajado enradio, canales de cable, ytelevisiónde señal abierta en diversos programas de corte político. Ha sido columnista semanal en varios diarios.