UTEC suspende clases tras muerte de docente en campus de Barranco

Me robaron mi cuenta en X, por Rosa María Palacios

La tragedia no solo deja la tarea de determinar responsables en el caso concreto, asunto que las fiscalías ya están investigando. Deja otra tarea más urgente para todos los alcaldes del Perú: ¿Cuál es el nivel de seguridad para los asistentes a espacios públicos, sean de propiedad del Estado o de privados? 

El viernes en la noche, mientras un grupo de familias trujillanas paseaban por el mall Real Plaza de propiedad de Intercorp, el techo del patio de comidas les cayó encima. A esta hora se reportan cuatro muertos y más de 70 heridos, entre ellos niños. Esta vez no se puede culpar a la informalidad, a la falta de mantenimiento habitual en los activos del Estado o la irresponsabilidad de los usuarios. Esta vez, previos los peritajes de ingeniería, todo apunta a la empresa privada formal y regulada. Sea el propietario, sea el constructor, sea el diseño. Algo, que está por determinarse, falló de manera catastrófica y causó un daño que no tiene reparación posible. Los cuatro fallecidos no van a regresar. Sus inocentes vidas se perdieron por culpa de una incompetencia punible.

¿Por qué cruzar un puente en un bus o tomar una gaseosa en un centro comercial es jugarte la vida en el Perú? ¿Somos un pueblo resignado a la desgracia? ¿No aprendemos? ¿No sancionamos? No tengo las respuestas y tal vez nadie las tenga, pero tengo la impresión de que morir por negligencia ajena es una situación más probable en el Perú que en los destinos a los que más de un millón de migrantes peruanos han huido desde que Pedro Castillo ganó la presidencia. Una mezcla de falta de futuro, ausencia de oportunidades, hartazgo de que todo sea lo mismo y se repita, se repita y se repita hasta parecer que siempre vemos la misma noticia. Primero, una ola de indignación, dedos acusadores, fake news y luego, con el paso de los días, a veces horas, el olvido hasta que, siempre al poco tiempo, una nueva tragedia tapa a la anterior porque siempre será más catastrófico lo que aparece en último lugar. Lo nuevo desplaza a lo anterior hasta que se vuelve viejo como lo que sustituyó en primer lugar.

Mirando la tragedia de Trujillo, hay algunas cosas positivas que destacar. Pese a tratarse de una las ciudades más flageladas por la violencia criminal, la noche del viernes, la solidaridad fue total. “El pueblo salva al pueblo” y la gente, luego ayudada por policías y bomberos, se lanzó a rescatar a los heridos y a remover los escombros. En esos minutos críticos se ve en las imágenes no solo desesperación, sino también auxilio. Caótico tal vez, pero entregado a su misión de salvar todas las vidas posibles y dar atención a los heridos. Sería mezquino no reconocer ese esfuerzo y el de conductores de ambulancias, médicos y enfermeras que trabajaron en salas de emergencias desbordadas en todos los hospitales de Trujillo.

La tragedia no solo deja la tarea de determinar responsables en el caso concreto, asunto que las fiscalías ya están investigando. Deja otra tarea más urgente para todos los alcaldes del Perú: ¿Cuál es el nivel de seguridad para los asistentes a espacios públicos, sean de propiedad del Estado o de privados? No es la primera tragedia en un centro comercial. Dos incendios graves: Jockey Plaza (discoteca Utopía, 2002) y Larcomar (cines UVK, 2016), con un saldo de muertes que nunca terminaron de encontrar justicia, están ahí para recordarlo. Estas y otras desgracias, como la tragedia del Estadio Nacional (1964), tienen que servir para aprender y corregir. Insistamos una y otra vez en la prevención. Con ella, se salvan vidas. ¿O es que en nuestro país, como muchos sospechamos todos los días, la vida no vale nada?

Cuánta desesperanza suman estas tragedias a la desesperada situación política que abruma al país. Hay días que parecen, como decía el poeta, “golpes como el odio de Dios”. Muertos sobre muertos. Aplastados o abaleados. Y una esperaría, con humildad, unas autoridades regulares, aunque sea, que den en algo la talla. Y no solo no la dan. Están muy ocupados arranchándose las migajas del poder. En el Congreso, el plan para no tener elecciones competitivas se hace cada día más evidente mientras están desesperados por desmantelar el sistema de justicia, ya sea aboliendo sus normas o atacando a sus titulares. En el Ejecutivo, un Gobierno signado por la frivolidad de la presidenta y las evasivas ridículas de sus ministros se comporta repitiendo rancios clichés conservadores, mercantilistas y autoritarios para no desentonar en el pacto que sostiene a Dina en el poder.

Tenemos una sola oportunidad en abril del 2026. El Congreso está decidido a ir con el voto lo más fragmentado posible con la esperanza de que, siendo conocidos, sacaran alguito más del 5% (mucho más, difícil) y con la valla desplazaran al resto para repartirse el Congreso entre los que ya están hoy. Por eso no pueden correrse el riesgo de ninguna candidatura que aglutine voto y van a mandar hordas de troles a todo esfuerzo de alianzas que (novedad del JNE, se cierran este mayo) cada día parecen más difíciles de lograr. ¿Quién podría aglutinar voto? Candidatos alejados de los polos radicales. Por eso, desde Francisco Sagasti hasta Salvador del Solar serán perseguidos, pero el enemigo número 1 es Martín Vizcarra.  A lo Venezuela, este Congreso está construyendo sus María Corina. Y ella, como bien sabemos, es una tremenda heroína.

Como todo sucede junto, el viernes me robaron mi cuenta de X, con 3.770.000 seguidores, haciéndose pasar como la propia plataforma. Un bocado apetitoso porque el ladrón cambió mi correo asignado y mi teléfono y logró poner propaganda de horrorosas criptomonedas. Todavía no la recupero, pero no es una tragedia. Tragedia es atravesar un puente que se cae o estar en un centro comercial y que el techo te mate. Y lo peor de todo, sabiendo con pasmosa resignación que tus deudos no van a encontrar reparación. Esa es la verdadera tragedia.

Rosa María Palacios

Contracandela

Nació en Lima el 29 de Agosto de 1963. Obtuvo su título de Abogada en laPUCP. Es Master en Jurisprudencia Comparada por laUniversidad de Texasen Austin. También ha seguido cursos en la Facultad de Humanidades, Lengua y Literatura de laPUCP. Einsenhower Fellowship y Premio Jerusalem en el 2001. Trabajó como abogada de 1990 a 1999 realizando su especialización en políticas públicas y reforma del Estado siendo consultora delBIDy delGrupo Apoyoentre otros encargos. Desde 1999 se dedica al periodismo. Ha trabajado enradio, canales de cable, ytelevisiónde señal abierta en diversos programas de corte político. Ha sido columnista semanal en varios diarios.