La desconexión entre lo que la mente de una persona procesa y lo que la realidad manda se llama disociación y es lo que vive un sector de la sociedad peruana, especialmente en Lima. Una especie de estado de negación impera, de no aceptación de la verdad que, si bien puede ser útil en el corto plazo pues permite que la vida cotidiana se realice con relativa normalidad, en el mediano y largo plazo puede ser terrible.
Adoptamos, después de vivir el desplome de la economía peruana en los 80 con una hiperinflación galopante, un modelo de desarrollo con creciente legitimidad global: el neoliberalismo. La idea de que una economía de mercado bajo el liderazgo excluyente de la gran empresa, es el único sistema con el que un país puede llegar a ser desarrollado está fuertemente arraigada en el imaginario nacional. Si revisamos el Latinobarómetro (2024), mientras el consenso sobre las bondades de la Democracia se debilita, no ocurre lo mismo con la Economía de Mercado. El apoyo en la región es en general alto, llega al 66%, pero en el caso peruano es aún mayor (72%) ubicándonos por encima de países como Chile, Brasil, México, Colombia o Argentina.
El problema es que este credo ha estado acompañado de una sostenida campaña de debilitamiento del Estado en todos sus niveles, como autoridad gubernamental encargada de regular la acción privada, mediar en caso de controversias y brindar servicios y bienes públicos. Nuestro afán por no repetir bajo ningún concepto lo vivido a final del primer gobierno aprista, ha llevado a la casi negación de la necesidad de la intervención del Estado. Nos fuimos al otro lado del péndulo. Creer que se trata de una contraposición, Estado o Mercado, ha generado adhesiones cada vez más dogmáticas.
Dos ejemplos de estas semanas son alarmantes.
El desplome del puente era algo que se podía evitar. Pero ¿dependía sólo de la acción del Estado? En todo caso no de un solo organismo, sino de la articulación intergubernamental. Hay unos gobiernos locales presentes (Aucallama, Chancay), y un gobierno regional, el de Lima Provincias, que alertan e identifican el riesgo, pero que no pueden actuar. Primero porque se trata de una vía nacional y el ente responsable es el Ministerio de Transportes y Comunicaciones. Pero, en segundo lugar, porque esa vía está concesionada a Norvial, con el compromiso de mantener la vía en condiciones óptimas.
El desplome del puente pone en entredicho la idea de que el privado lo hará mejor y que para ello el Estado, en sus niveles local, regional y nacional, no debe intervenir . No tiene ningún sentido que una autoridad local o regional, no sea escuchada. Esa vía estaba concesionada y queda claro que la supervisión pública no era la adecuada. Se requiere repensar la relación entre lo público y lo privado, sobre todo cuando se trata de bienes públicos que son de uso colectivo masivo.
Y acá el “masivo” cobra una dimensión diferente. Este puente, en general todo ese tramo de la panamericana, empieza a tener un uso mucho más intensivo por la puesta en funcionamiento del puerto de Chancay, una iniciativa privada China. Pero no sólo es el incremento de los camiones que transportan mercancías, es el incremento de la población en el área a raíz de la expectativa generada por la operación del puerto.
¿No era posible prever que las infraestructuras existentes tendrían mayor demanda con esta gran iniciativa privada? Claro que era posible y era absolutamente necesario. Pero pareciera que nuestro esquema de “no intervención” del Estado atrofia hasta lo más básico de la acción pública y también la de la sociedad.
Volvimos a aparecer en la prensa internacional, para mal. Esta vez como ejemplo de ausencia total de planificación. El nuevo terminal del aeropuerto Jorge Chávez está desconectado de todo sistema de transporte público.
¿Sabíamos que habría un nuevo terminal? Claro que sí, hace años. Pero claro, es una concesión privada. Esto no tendría por qué negar la coordinación con las entidades públicas y la acción planificada del Estado, pero la Línea 4 del Metro de Lima no contempla una estación que llegue al nuevo aeropuerto, pese a tener contemplada una estación con ese nombre. Dejará a pasajeros “cerca” en una ciudad con índices de inseguridad cada vez más altos. Algo impensable en cualquier ciudad con mínimos de planificación.
Pero no es sólo el transporte “moderno”. Las líneas de transporte tradicional, tampoco llegan al nuevo terminal. Además de pasajeros, nadie ha pensado cómo llegarán a su trabajo los cientos de trabajadores que vuelven operativo un terminal aéreo internacional. El colapso parece inminente, pero no hay reacción, y la disociación sigue hasta que nos estalle en la cara. Ya durante la pandemia, la realidad de las deficiencias de los sistemas de salud nos había golpeado, ubicándonos como el país con más muertes por COVID por habitante. Y creo que no se ha hecho mucho por mejorar la situación.
Esta especie de fuga a lo privado deja al Estado desprovisto de capacidades, en todos sus niveles, para proveer bienes básicos. No es un secreto que las normas de contrataciones y adquisiciones públicas tienen problemas serios y por eso intentamos resolver las falencias con Alianzas Público Privadas (APP) y luego por los convenios de Gobierno a Gobierno. Pero no enfrentamos el reto de resolver las limitaciones de la norma nacional, en parte por la idea generalizada de que la incapacidad de gestión está en “las regiones” y “las provincias”, como se suele hablar del Perú más allá de Lima.
Lo que no se esperaba era que el problema de gestión estallara en el corazón de Miraflores, uno de los distritos más consolidados del país. Una grúa inmensa en el medio de la subida de Armendáriz en la Costa Verde, recuerda a todos los usuarios que no es un problema de “las provincias” sino un problema de todos los peruanos. Y estalla en la “puerta de entrada al país”, en el nuevo aeropuerto, y estalla también en el nuevo punto de conexión con el Asia, con el que sueñan muchos para grandes y pequeños emprendimientos. Estalla por todas partes.
Socióloga, con un máster en Gestión Pública, investigadora asociada de desco, activista feminista, ecologista y mamá.