La distancia que nos separa: Las brechas invisibles entre hombres y mujeres, por Javier Herrera

Las normas sociales que restringen las aspiraciones de las niñas, la carga doméstica y las prácticas discriminatorias se conjugan y se expresan en brechas de ingresos

La celebración del día mundial de la mujer cada 8 de marzo es una ocasión para recordar la agenda pendiente de cierre de brechas de género, en particular la de los ingresos. De manera recurrente se nos recuerda la gran distancia que separan los ingresos por trabajo de las mujeres respecto a los de los hombres. El 2023 no ha sido una excepción. Según la última Encuesta Permanente de Empleo Nacional, las mujeres ganan en promedio S/.1405.1 soles mensuales, 25% menos que los hombres (S/.1873.5).

Es importante notar que la discriminación laboral es relevante únicamente cuando hay una relación de dependencia de empleador/empresa a trabajadora, es decir bajo la condición de asalariada. Ahora bien, una de las características del empleo en el Perú es el bajo porcentaje de asalariados en la fuerza laboral. En el caso de las mujeres, solo cuatro de cada diez (43.1%), tiene un empleador susceptible de discriminarla. Si miramos las brechas de ingresos entre hombres y mujeres asalariados urbanos, según niveles de educación, constatamos que las brechas son menores (alrededor de 21%) para las que tienen educación primaria y superior universitaria respecto a las que tienen secundaria y superior no universitaria, en donde las mujeres ganan casi un tercio menos que los hombres con el mismo nivel de educación (-31.2% y -28% respectivamente).

Estos promedios ocultan el hecho que la informalidad del empleo es un factor que agrava las brechas de ingresos. Las brechas son más reducidas para las mujeres con empleos formales urbanos (-14.8%) que para las que tienen un empleo informal (sin contrato ni beneficios sociales) en una empresa formal (-28.3%) mientras que en los negocios informales sus salarios están en más de un tercio (-35.8%) por debajo de sus pares masculinos. La informalidad es una puerta abierta a las mayores brechas de ingresos para trabajadores con similar calificación en desfavor de las mujeres. Es significativo que el tener un mayor nivel de educación tiene un impacto reducido sobre la brecha de ingresos dentro de cada una de las categorías de informalidad.

La pesada carga del trabajo doméstico soportada por las mujeres (39 horas semanales, 2.5 veces más que los hombres) incide en una menor y más precaria participación laboral. En 2023, la tasa de actividad de las mujeres en edad de trabajar es bastante inferior a la de los hombres (64% versus 80%). Además de la carga de trabajo doméstico, ante la perspectiva de obtener muy bajos ingresos y considerando los costos de ir a trabajar (remuneración de la persona a cargo del cuidado de los niños y las tareas domésticas, costo de transporte, costos de alimentación fuera del hogar, vestimenta, etc.), no les “sale a cuenta” ingresar en el mercado de trabajo. Para aquellas que si participan y que logran sobrellevar la “doble jornada” (trabajo doméstico en el hogar y para el mercado), su inserción laboral termina para muchas siendo precaria (tiempos parciales, trabajo en casa, trabajo familiar no remunerado, trabajo independiente de baja productividad, asalariado informal sin contratos ni protección social), lo que a su vez se traduce en menores ingresos.

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No toda la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres se debe a la discriminación. Se habla de discriminación (estadística) cuando una mujer con las mismas características (edad, calificaciones, experiencia, etc.) que un hombre recibe, en promedio, un salario menor. Sin embargo, otras brechas, invisibles, impactan negativamente sobre los ingresos por trabajo de las mujeres. Además de la discriminación “estadística”, existen formas insidiosas e indirectas de discriminación que también juegan un papel en las diferencias salariales. Entre ellas tenemos el llamado “techo de cristal” y el “piso pegajoso”. El techo de cristal alude a las dificultades y barreras que experimentan las mujeres altamente calificadas para llegar a puestos de alta dirección. Muchas veces, cuando no se trata de discriminación abierta, ello resulta de modos de organización interna de las empresas, incompatibles con las responsabilidades asumidas y tiempo dedicado por las mujeres en sus hogares, como por ejemplo el hecho de imponer reuniones ejecutivas en horarios tardíos, viajes de negocios frecuentes, horas extras, etc. Es por ello que pocas mujeres calificadas logran alcanzar cargos de dirección en las empresas de gran tamaño. Según datos de la consultora Adequales para el año 2022 (Gestión 8/03/2023), la representación de las mujeres gerentes generales (CEO) es de 20% y aquellas en puestos en primera línea de mando es de 33%. El piso “pegajoso” es otra de las modalidades que frenan las carreras profesionales de las mujeres. A la diferencia del “techo de cristal” que concierne mujeres calificadas, el piso pegajoso hace alusión a prácticas discriminatorias que mantienen a muchas mujeres en los empleos de peor calidad.

Las brechas de ingresos no son simplemente brechas entre sexos opuestos de hombres versus mujeres. Se trata de brechas relacionadas a los roles asignados a hombres y mujeres por las normas sociales vigentes y el funcionamiento discriminatorio del mercado de trabajo. La segregación profesional y ocupacional es parte de los factores “invisibles” que explica buena parte de las brechas de ingresos entre hombres y mujeres. El condicionamiento desde temprana edad de las mujeres hacia profesiones y ocupaciones menos remuneradas, fenómeno conocido como segregación ocupacional, prevalece ampliamente en el Perú. Según la ENAHO 2022, en profesiones como enfermería, educación inicial, secretariado, psicología, farmacia, tecnología médica, obstetricia, más de 8 de cada diez (82%) son mujeres. En las 20 profesiones más importantes, cada diez mujeres tienen tan sólo 2 colegas hombres. Inversamente, los hombres se concentran en profesiones, ocupaciones y ramas de actividad con ingresos por encima del promedio. Pasearse por las facultades de ingeniería de cualquier universidad lleva a la constatación de la casi exclusiva presencia masculina en todas las sub ramas de la ingeniera. Considerando el índice de segregación de Duncan, más de la mitad (57%) de las mujeres tendría que intercambiar ocupaciones con los hombres para lograr una igualdad en la distribución de las ocupaciones. Niveles similares de segregación se constatan en las profesiones (48%) y ramas de actividad (52%), con el mismo patrón de concentración en aquellas profesiones y ramas menos remuneradoras. Estos altos niveles de segregación ocupacional, profesional y según ramas de actividad, es sin duda un componente importante de las disparidades de remuneraciones entre hombres y mujeres, disparidad que se agrava con el impacto de la discriminación salarial hacia las mujeres en las empresas.

El condicionamiento temprano que restringe las aspiraciones profesionales de las niñas, la desigualdad en la carga doméstica y las prácticas discriminatorias se conjugan y se expresan en brechas de ingresos. Las normas sociales no están gravadas en mármol. Nos corresponde a todos, en los hogares, en las escuelas y a través de políticas acabar con la discriminación y no dejar que desde la infancia el camino de las niñas quede trazado de antemano, impidiendo su pleno desarrollo, alargando la distancia que separan a las mujeres de los hombres en el mercado laboral.