Opinión

¡No Valentín! Con palo no vale Valentín, por Javier Herrera

Este viernes 14 de febrero, como todos los años, se celebró la San Valentín, el día de los enamorados (y además el día de la amistad). Sin embargo, para muchas mujeres la vida en pareja no es color de rosa sino más bien un vía crucis, que las devuelve a la dura realidad que evoca el refrán de la famosa canción que citamos en el título de nuestra crónica. 

Javier Herrera
Javier Herrera

Este viernes 14 de febrero, como todos los años, se celebró San Valentín, el día de los enamorados (y además el día de la amistad). Sin embargo, para muchas mujeres la vida en pareja no es color de rosa, sino más bien un vía crucis, que, en lugar de evocar el amor y la armonía festejada en San Valentín, las devuelve a la dura realidad que evoca el refrán de la famosa canción que citamos en el título de nuestra crónica. 

En su forma más extrema, la violencia de pareja sigue siendo un problema que cobra cada año cientos de vidas de mujeres (1.191 en total entre 2015 y 2023). La pasividad, la indiferencia del gobierno y los legisladores han hecho que el problema se agrave de año en año. En 2023 se registraron 146 víctimas, 1.7 veces más que en 2015. En dos de cada tres casos (65.8%) el feminicidio fue cometido por la pareja, expareja, enamorado o ex enamorado, siendo los celos la principal causa (50.5%). En un poco más de la mitad de los casos (53.7%), el feminicidio ocurrió en el interior de la vivienda en donde reside la víctima. La vía pública o lugares desolados dan cuenta de 20.9% de casos. El hogar es el lugar más peligroso para las mujeres.

En cuanto a la violencia contra la mujer por parte del esposo o compañero, según la ENDES 2023, esta ha afectado, alguna vez en su vida, a más de la mitad (53.8%) de ellas, dejando huellas indelebles en las víctimas. Para casi un tercio (27.2%) se trata de violencia física (golpes, empujones, patadas entre otros), ante la cual ellas son indefensas. La mitad (49%) ha sido víctima (o re-víctima puesto muchas son víctimas de varios tipos de violencia a la vez) de violencia psicológica bajo diferentes formas, ya sea a través de insultos, desprecios, burlas, humillaciones. Si consideramos la violencia física o sexual ocurrida únicamente en los últimos 12 meses, la encuesta revela que 8.3% de mujeres de 15 a 49 años fueron víctimas de dichas formas de violencia. Ello incide sin duda en la salud mental de las mujeres provocando depresión y al mismo tiempo minan su autoestima. 

En 2023, la policía nacional registró 233.590 denuncias por violencia familiar (137.742 en 2015) de las cuales 8 de cada 10 son hechas por mujeres. Sin embargo, según la ENDES, en 2023 menos de un tercio (29.7%) de las mujeres agredidas acudió a una institución a pedir ayuda, la mayoría de ellas (81.5%) acudió a la comisaría y en mucha menor medida a centros especializados como la DEMUNA (9.3%), el Ministerio de la Mujer (9%) o la fiscalía (6.5%). La gran mayoría permanece invisible a los ojos de la acción pública, pues el 70.3% no acudió a ninguna institución buscando protección. Entre las que no acudieron, la razón principal es para la casi mitad (45%), porque consideraron que “no era necesario”, el 16.8% por sentir vergüenza. Las historias de feminicidios muestran que son a menudo el resultado de violencias repetidas que no fueron reportadas y sancionadas a tiempo. Aún falta informar, proteger y acompañar a las víctimas, pues el 11.1% no saber dónde ir y el 3.4% no denunció porque considera que de nada sirve, mientras que para un 8.2% es por el temor a las represalias. Eso significa que las denuncias registradas en las comisarías solo reflejan la punta del iceberg y que buena parte de ello se debe a la debilidad de las instituciones y políticas de lucha contra la violencia hacia la mujer. Aunque hay que reconocer que varias iniciativas apuntan en la dirección correcta, su aplicación ha sido por lo menos deficiente. La inoperancia de las políticas públicas es manifiesta en todas las instancias que supuestamente las deben proteger (renuencia a aceptar las denuncias en las comisarías, falta de personal calificado y displicencia en los Centros de Emergencia Mujer, inoperancia del 110).

Las mujeres más vulnerables son las que no tienen independencia económica (caso del 26.6% urbanas y 38.9% rurales) y las que se encuentran aisladas socialmente. Considerando las que denuncian, las que cuya ocupación es “su casa” tienen una mayor tasa de victimización (32.6%) comparadas a las que son comerciantes (12.5%), profesionales (6.6%) o tiene un oficio (20.6%). El trabajo empodera y protege contra la violencia familiar.

La riqueza del hogar no es para la mujer una protección contra la violencia de pareja. En todos los estratos económicos se constata una elevada tasa de violencia de pareja contra la mujer: 46.6% en el estrato más rico y 53% en el más pobre, siendo más elevado en el estrato intermedio (58%). En definitiva, no hay una correlación fuerte entre violencia de género y nivel de riqueza. ¿Qué perfil tienen los agresores? El nivel educativo del agresor guarda una débil correlación con la víctima. El 49.3% de agresores contaba con educación superior, mientras que el 55.8% y 52.9% tenían educación secundaria y primaria, respectivamente. El censo de la población penal del 2016 revela que los agresores presos provienen en mayor proporción de hogares en donde la violencia de pareja hacia sus madres era más frecuente. En suma, el problema no es solo de mujeres pobres, ni de agresores con bajos niveles de educación. Altos niveles de violencia de pareja contra la mujer también se dan en los estratos medios y altos, con nivel de educación superior o con el castellano como lengua materna.

La respuesta de la parte de los diferentes gobiernos se ha centrado en tratar (sin mucho éxito) de atender a las mujeres una vez que ya han sido agredidas. Las políticas reactivas son insuficientes, pues solo se atacan a las consecuencias y no a la principal causa que es la cultura machista de la cual somos, como sociedad, todos responsables. Se debe insistir en políticas de prevención, que conciernen la educación tanto en las escuelas como en los hogares, en donde se debe inculcar valores morales y cívicos. Nos es un tema de conocimientos librescos sino de prácticas cotidianas en todos los ámbitos de la vida. Se tiene sobre todo que erradicar la cultura machista que normaliza la agresión contra la mujer y ello requiere inculcar desde muy niño el respeto mutuo, la igualdad de derechos. Ello debe estar claro para los niños, pero también las niñas, pues la reproducción de la cultura machista pasa por la normalización de dichos comportamientos y el sentimiento que los hombres tienen “derechos” de propiedad sobre las mujeres, en particular cuando la relación de pareja ya se ha roto. 

En el día de las parejas, la armonía depende de las demostraciones de cariño y ternura, del respeto de los derechos, del deseo de compartir el tiempo libre y la toma de decisiones. Según la ENDES 2023, alrededor de dos tercios de los hombres manifiesta frecuentemente ternura y cariño, pasa su tiempo libre y consulta con la mujer su opinión en las decisiones del hogar, y 7 de cada 10 respeta sus derechos y sus deseos. La educación de la pareja importa pues, a mayor educación, mejores relaciones de pareja, pero aún para un cuarto de los que tienen educación superior, el respeto de los deseos es solo ocasional o completamente nulo y para casi uno de cada tres, el hombre no manifiesta nunca o pocas veces ternura y cariño. Todavía queda largo camino por recorrer en el comportamiento de los hombres, pues, de lo contrario, corren el riesgo de tener que cantar, como en la canción Cariño bonito, “Duele tu ausencia cuando estoy solito”.