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Cultural

La primera novela de Alan Pauls: “El pudor del pornógrafo”

Relectura. A poco más de 40 años de su publicación, la primera novela de Alan Pauls sigue fuerte en tema y forma. No es nada poco para un mundo pautado por maravillas fugaces.

Alan Pauls. Foto: Difusión.
Alan Pauls. Foto: Difusión.

Con los años, el escritor argentino Alan Pauls ha desarrollado una trayectoria por demás atractiva, llamando la atención del público y la crítica con su obra maestra en ficción, El pasado, novela de la que el crítico Ignacio Echevarría dijo lo siguiente:

“En el río revuelto de las letras latinoamericanas, del que los editores españoles, cuando van de pesca, no es raro que traigan latas, neumáticos, botas y zapatos chorreantes, el Premio Herralde ha sacado esta vez un escritor auténtico, un pez gordo, reluciente y plateado”.

A la par del éxito de esta novela, Pauls venía (y continúa) desarrollando una labor ensayística que se impone a sus proyectos narrativos últimos, como la trilogía de la historia argentina del setenta, conformada por las novelas Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero, que, en lo personal, no me entusiasmaron mucho, prefiriendo al Pauls que piensa y escribe, al punto que, si tuviéramos que definirlo como ensayista, nos quedaríamos cortos si lo calificamos como la Escritura. No es para menos, pensemos en dos títulos excluyentes: El factor Borges y Temas lentos.

Pauls se dio a conocer en la década del ochenta, y lo hizo con una novela breve que se ha mantenido fresca y lozana, a la que el tiempo no le ha dejado surcos en la piel. Hablamos de El pudor del pornógrafo, publicada en 1984 por Sudamericana y reeditada en 2014 por Anagrama en una edición conmemorativa por sus treinta años y que incluye un posfacio del autor. La relectura de verano nos dice que sigue sólida. La escribió, por cierto, a los 25 años.

Nos encontramos con un pornógrafo innominado que se gana la vida brindando placer a hombres y mujeres por medio de la escritura de cartas, ensimismado en una burbuja (su departamento), de donde observa la realidad. Pero esta realidad se representa principalmente en Úrsula, una joven que esporádicamente aparece sentada en una banca del parque, a la que contempla desde su balcón. Participamos de la complicidad de sus intercambios de miradas, que nos recuerda al flirteo decimonónico, mas este contacto se quiebra cuando Úrsula deja de aparecer en el parque, lo que genera en los amantes platónicos un intercambio epistolar. En este intercambio epistolar, el pornógrafo no puede emplear el tono lujurioso que emplea en sus cartas a hombres y mujeres, más bien apela a la naturaleza íntima del registro y de esta forma abre su corazón. Ese es el problema: el pornógrafo abre demasiado su corazón y sus “exigencias” lo llevan a dejar paulatinamente su inicial intención amorosa para revelar lo que tanto cuidó en ocultar.

Para ser la primera novela de nuestro autor, nos enfrentamos a un artefacto narrativo que se alimenta de géneros que en los años de su aparición no eran tan frecuentados, no como ahora, que en nombre del híbrido se llevan a cabo todo tipo de “proezas narrativas” vendidas como novedad. La naturalidad con la que Pauls funde registros puestos al servicio de la tensión moral de su personaje, deviene en una tensión de la propia escritura, escritura que transita por la invisible frontera entre la escritura contenida y la escritura desatada, tensión que por partida doble genera un impacto no menos letal en el lector de turno, tensión que tiempo después vimos en agraciada luz en El pasado. Gracias a esa tensión del lenguaje hacemos nuestra esta historia inverosímil, y entendemos también la razón de la vigencia de El pudor del pornógrafo, vigencia que supera las contadas caídas del aliento cursi, tan propias cuando se escribe de un personaje enamorado en base a la idealización. Busquen la novela. Pauls es un muy buen escritor y lo demostró desde el comienzo.