Escritor, antropólogo y brujo: Carlos Castaneda
En las poquísimas entrevistas que concedió, aseguró que provenía de Brasil, aunque también dijo ser un príncipe persa, un sabio portugués y un faraón egipcio reencarnado. Ahora se sabe que era cajamarquino.

Escribe: Eduardo González Viaña
En los años 90, cuando trabajaba como catedrático visitante en la Universidad de Berkeley, recibí la visita de un grupo de californianos, todos con barba rojiza y cola de caballo, quienes me invitaban a hacer una caminata, ese fin de semana, desde San Francisco hasta Los Ángeles, aproximadamente 500 kilómetros.
Decliné la generosa invitación con no recuerdo qué excusa, pero les prometí que buscaría las zapatillas adecuadas para emprender a pie ese viaje el año o la década próxima.
-¡Usted se lo pierde!
Otro masculló que yo no parecía un peruano, hijo del magnetismo de los Andes.
-No parece un paisano de Carlos Castaneda, nuestro maestro.
¿Lo recuerdan? La Wikipedia lo llama: “Escritor, antropólogo y brujo” y lo hacen de nacionalidad estadounidense pero nacido en Cajamarca. Fue algo más que eso.
Vendió ocho millones de copias de Las enseñanzas de don Juan, su primera obra. Dio vueltas sobre el tema del chamanismo en otros ocho libros que le produjeron más de 50 millones de dólares. Fue traducido a 20 idiomas. Se le consideró el profeta de los norteamericanos de los años 60 y, por fin, parodiando a Jesucristo, a partir de él un grupo de intelectuales desesperanzados fundó una Nueva Edad (el movimiento gringo del New Age).
Carlos Castañeda no protestó en absoluto cuando los editores le quitaron el rabito de la eñe a su apellido, y no aceptó cuando le pidieron una foto para la contracarátula.
En las poquísimas entrevistas que concedió, aseguró que provenía de Brasil, aunque también dijo ser un príncipe persa, un sabio portugués y un faraón egipcio reencarnado. Ahora se sabe que era cajamarquino.
En cuanto a su personaje, el sentencioso chamán mexicano don Juan Matus, Castaneda sostuvo que lo había conocido en una estación de autobuses de Los Ángeles: en estos momentos se duda de si de veras existió.
La sabiduría de don Juan, o tal vez la del propio Castaneda, provenía supuestamente de haber ingerido la raíz del peyote y, gracias a los poderes alucinógenos de aquel, de haberse puesto en contacto con los viejos maestros mayas que caminaron sobre las tierras de México en los milenios del ayer.
El asombroso brujo del libro tenía recetas para volar, para hacerse invisible, para transformarse en un animal, para caminar sobre otros mundos y para vivir eternamente, pero sobre todo para llegar a ser feliz.
Es natural que fuera escuchado, en los sesenta, por una generación que veía el fracaso de Estados Unidos en Vietnam, que estaba cansada de una racionalidad impotente y que comenzaba a escudriñar los secretos de las viejas culturas precolombinas.
Y, por fin, cuando era profesor visitante de la universidad de Berkeley, Mario Vargas Llosa recibió a Carlos Castaneda. Me contó Mario que el recién llegado se resistió a revelarle su nacionalidad y, más bien, le hizo creer que había recorrido a pie el trecho entre Los Ángeles y San Francisco (más o menos 500 kilómetros) tan solo para conocerlo.
Una noche en París, en casa de Julio Ramón Ribeyro, Kurfú, un amigo peruano, nos relató que había pertenecido a una secta de las selvas de Colombia en la que era necesario devorar al Maestro para adquirir su nombre y su talento. Me parece que Julio dejó de aceptar que Kurfú lo llamara "maestro", y creo recordar que nunca más lo invitó a su casa, ni aceptó encontrarse en un café con él a solas.
Casarse fue el único error de Carlos Castaneda. Aunque estaban separados mucho tiempo, un día de 1999, reapareció Margaret Evelyn Runyan de Castaneda. Vivía en Charleston, West Virginia. Papeles en mano, probó que hubo matrimonio, que se celebró en 1960, y que su marido no fue un príncipe persa sino un imaginativo cajarmarquino.
En cuanto a don Juan Matus (el personaje de don Juan), parece que este no existió. Según la viuda, el apellido tiene un curioso origen. Castaneda adoraba un vino portugués de marca Mateus, y en una ocasión en que lo bebían, proclamó a toda voz: "De aquí, del vino, provienen toda la magia y los conocimientos del universo". En total coincidencia con él, creo que esa vez sí dijo la verdad.