Mirko Lauer: "En donde veo crisis es en la narrativa, desde "Canto de sirena" de Gregorio Martínez no leo nada bueno en novela"
Con un enfoque en temas contemporáneos y literarios, Lauer también habla sobre la actualidad de la poesía peruana y el futuro cultural del país, vislumbrando un resurgimiento en la literatura indígena y amazónica. Lauer acaba de reeditar su poemario "Los asesinos de la última hora", cuya lectura recomendamos.

Mirko Lauer escribe una columna diaria en La República. Miles lo leen. Pero Mirko Lauer es también uno de nuestros literatos más importantes y su referencialidad es reconocida internacionalmente.
Pues bien, desde la segunda mitad del decenio anterior, su obra literaria está siendo frecuentada por muchos lectores jóvenes. En el 2019, su poemario experimental Santa Rosita y el péndulo proliferante fue reeditado por el sello independiente Caballo Alado Editores. Su novela Pólvora para gallinazos de 1985, fue reeditada en 2023 por Vulgata Editores y de la misma acaba de salir otra edición. Su poemario Sologuren de 2021, en Huerga y Fierro Editores, es a la fecha uno de los más comentados en el circuito literario. Y en el 2024, publicó el poemario Chifa de Lambayeque con Personaje Secundario y reafirmó su muy buen momento poético.
En estas últimas semanas, la editorial Cepo para nutria presentó un poemario que Mirko Lauer publicó en 1978 con Mosca Azul: Los asesinos de la última hora. Es, efectivamente, un rescate. Pero es un rescate distinto, es uno que va hacia adelante y su presencia no solo habla del proceso poético de su autor, sino también es un testimonio crudo y festivo de época (a saber, las revueltas sociales). Entre el discurso barroco y la calle, entre la forma y el desorden de la sustancia anímica, entre el horror y la música, Los asesinos de la última hora exhibe ese mágico poder de reafirmar al lector, ya sea ante la vida o ante la poesía, que no es poco para estos tiempos de prisas.
La República conversa con Mirko Lauer.
-¿Por qué decidiste republicar Los asesinos de la última hora?
-Bueno, yo no lo decidí. Lo decidió José Carlos Yrigoyen dentro de esta corriente actual de rescatar viejos libros y sospecho que también en rescatar viejos literatos.
-Tengo entendido de que ya agotaste edición.
-El modelo de negocio ahora es sacar libros de tirajes pequeños y buscar cosas antiguas. Como han pasado 40 años, ya hay una generación que no conoce el libro y es como si fuera nuevo.
-En Los asesinos de la última hora se respira mucha juventud, igualmente en las otras cosas que haces en lo literario.
-Es una obra que ha ido cambiando con el tiempo, ¿no es cierto? Entonces, más que juvenil, yo diría que son cosas viejas que se presentan como una novedad. Creo que ese no es tanto un arte de la poesía o de la literatura, ese es un arte del diseño. Involuntario en mi caso porque no soy diseñador, pero hay cosas del siglo XIX, de comienzos del XX, que de pronto uno las mira y siente ah esto es moderno o es actual. A mí me recuerda a un amigo de la universidad que tenía una barba hindú. Todo el mundo decía qué viejo se le ve, qué viejo está. Y él respondía aquí donde me ven, con el paso del tiempo se me va a ver mucho más joven que ustedes. Y es verdad, la insólita y extraña barba hindú no envejeció, mientras que los juveniles rostros occidentales fueron plegándose al tiempo que pasaba.
-Tus libros de poesía no se repiten, Los asesinos de la última hora está dentro de ese ámbito, pero creo que debió sonar más cuando salió. Tiene la formalidad del sesenta y la intensidad del setenta.
-Vamos a robarle unos minutos a la película que está haciendo Mario Pozzi-Escott sobre mí. Él hace estas películas monográficas. Hizo de Sologuren hace poco. En un momento le dije lo siguiente: desde el inicio, mi poesía no fue una poesía de éxito, no fue una poesía aceptada en el grado que a mí me hubiera interesado, era una poesía que era tolerada en las ligas de la poesía joven reconocida, pero tolerada es la palabra clave ahí. Y yo creo que mi respuesta a eso fue el experimentalismo, fue hacer poemarios antisistema. Yo no era tan claro en eso cuando los escribía. Con la edad es que me doy cuenta de que, con una poesía más convencional, no hubiera atraído la atención.
-No entiendo cuando dices tolerado. Pienso en la antología de 1967 Los nuevos de Leonidas Cevallos. No se puede entender la poesía peruana de las últimas décadas sin ese libro y tú estás ahí.
-Tenía una buena amistad con Julio Ortega, vamos a ponerlo así. Porque si miramos los poemas míos que están en ese libro, tampoco me parecen muy interesantes. Son unos ejercicios juveniles y yo no los hubiera metido. La verdad es que no hubiera metido la mitad de lo que había ahí. Está bien que cites ese libro y lo traigas, porque ahí están los poemas de Carlos Henderson. Carlos Henderson nunca ha sido muy conocido, Carlos Henderson nunca ha sido muy reconocido, los poemas de esa antología no son nada especial, pero a lo largo de los años, Carlos Henderson hizo, ha hecho y está haciendo seguramente mientras hablamos, una obra poética importante. Esto no es un drama personal de Henderson o mío. Yo creo que esta es una forma de apreciar la poesía de lo peruano de alguna manera. Javier Sologuren vivió bastante puesto de lado en comparación con Romualdo, que tenía una religión; Blanca Varela tenía un género, incluso Sebastián Salazar Bondy tenía un activismo, y Jorge Eduardo Eielson. Es recién cuando Abelardo Oquendo empieza a escribir de Sologuren que la gente para la oreja. Esta dureza del medio poético peruano para darle a las cosas su verdadero peso es perfectamente natural. Yo supongo que sucede en otros países y en Perú ha sucedido con la vanguardia, ha sucedido en un montón de lugares. Es una explicación bien larga para decir por qué mis libros no se parecen los unos a los otros, porque son como grandes avisos luminosos que dicen lean mi poesía.
-Si bien hay experimentalismo en Los asesinos de la última hora, hay del mismo modo mucha calle.
-Es un libro de la calle, de la esquina, efectivamente, ha sido impreso a 20 metros de la Plaza 2 de Mayo. Es mi libro más vitalista.
-Entonces, de haber sonado más, te hubieses evitado muchos prejuicios a tu obra poética.
-Por supuesto. Ha habido un prejuicio de una persona que no ha sido muy popular, que no ha sido muy simpática, que no ha sido buena para las relaciones públicas, que se ha dedicado a muchas cosas que no son la poesía, que la ha abandonado. Pero eso pasa con todo el mundo de alguna manera.
-Dices lo que piensas.
-Es mi único capital. Qué voy a decir si no digo lo que pienso. Estoy entrenado a opinar todos los días. Yo no vivo cómodo en la notoriedad, yo vivo cómodo en la polémica.
-¿Qué piensas de Hora Zero hoy?
-Leí con mucho gusto el libro sobre Hora Zero de Yrigoyen y Torres Rotondo. Los de Hora Zero son mucho más entretenidos que los engolados poetas de los 60. En el libro se les ve divertidos, siempre estaban haciendo cosas. Jorge Pimentel siempre ha sido un buen poeta, a mí me gustó Kenacort y Valium 10.
-¿Está en crisis la poesía peruana actual?
-No estamos en crisis, hay gente muy buena. El ingreso de las mujeres a la poesía ha sido una especie de vitamina para toda la poesía peruana, ahí están Rossella Di Paolo, Roxana Crisólogo, Teresa Cabrera. Cuando Diego Bardález hizo la selección de 14 poetas para el Hueso Húmero anterior.
-¿La selección de jóvenes poetas del norte?
-No, en el número tras anterior. Los de Puno son realmente de un nivel, de una calidad, de una fuerza que los del norte no tienen. Veo una presencia cultural más autóctona que lo criollo, que también es autóctono si quieres. Ahí siento que hay cosas que, definitivamente, se están empezando a mover. La poesía peruana está como está el arte amazónico en este momento.
-¿Y en dónde ves crisis literaria?
-En donde veo crisis es en la narrativa, desde Canto de sirena de Gregorio Martínez no leo nada bueno en novela y desde el último libro de cuentos de Guillermo Niño de Guzmán no hay algo de la misma calidad.
-Para escribir tus columnas, estás muy pendiente de lo que pasa en Perú. El arte y la cultura están siendo censurados en este gobierno. ¿Has visto antes algo así?
-Lo que estamos viviendo ha pasado antes. La parte negativa ha pasado desde Sánchez Cerro hasta Fernando Belaúnde, que es una época negra. Y la parte positiva ha sido antes, desde los años 15 hasta la crisis de los 30 este era un país lleno de vitalidad. No es casualidad, mi tesis de doctorado es sobre la vanguardia y la poesía vanguardista, porque es una época vital. Ahora hay una negrura de la política que se contagia a lo literario y a lo cultural. No hay duda al respecto.
-¿Y qué se viene?
-Creo que avanzamos hacia un nuevo periodo, lo que fue el periodo del año 22 hasta el año 30, que va a ser un periodo de rebelión cultural de lo indígena, de rebelión cultural de lo andino y de lo amazónico. Va a tener facetas políticas muy fuertes, porque será sobre todo una rebelión cultural. Ya estamos escuchando los primeros temblores.
-Volviendo a Los asesinos de la última hora. ¿A qué querías que el libro se parezca?
-Quería que se parezca al guaguancó. Quería que sea un libro tropical. El libro se vendió, pero la crítica no se interesó mucho. Si haces libros como Santa Rosita y El péndulo proliferante vas a entender que los críticos están un paso detrás, y los críticos no están esperando que llegues para hablar de ti, los críticos te vieron pasar y están en otras cosas.
-Desde hace un tiempo, se nota que tienes muchos lectores jóvenes. ¿Qué encuentran en tu poesía lo que no en otros autores?
-A los jóvenes les gusta la novedad, lo distinto y, de alguna manera, el haber estado entre bambalinas tanto tiempo, con los grandes poetas de la generación del 60, fallecidos prácticamente todos, o fuera del negocio, ha ocasionado que los jóvenes hagan un barrido con la mirada y han dicho bueno y qué queda, qué hay, y entonces lo que queda es lo novedoso. Suena como una paradoja, pero así es. Yo creo que buscar lo que no fue buscado es un signo de los tiempos en las letras ahora.
-¿Eres un poeta listo para el remake?
-Así es y que está escribiendo cosas que sintonizan con la época. Siento que mi obra ha renacido. Me sigo viendo raro con estas reediciones 40 años después.
-¿Recuerdas en qué estado anímico lo escribiste?
-Sí. Estaba dedicado a escuchar a Héctor Lavoe, a Celina & Reutilio y había entrado en contacto con el Grupo Folklórico y Experimental y su disco famoso Lo dice todo. La cosa latina dura era lo que realmente me interesaba en ese momento.
-Estabas desatado.
-Totalmente desatado. El libro se concibió como letras de canciones tropicales. Llegué a leerlo, no a cantarlo, porque la carne es débil. En términos de la forma, eso no lo sabía yo entonces y lo sé ahora que he visto la segunda edición. El libro, siendo chiquito, tiene una enorme deuda con Langston Hughes y Nicolás Guillén. Es decir, los ritmos de la poesía negra y lo que después con el rap se volvería la irreverencia. Mario Montalbetti lo dice en el texto de la solapa con gran discreción: aquí tenemos a un fundador del rap peruano. Es un libro rapero.
-¿No tienes problemas con decir que es un libro rapero?
-Ninguno. Es mejor que decir es un libro ratero.