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El inesperado resurgimiento liberal en Canadá, por Juan Luis Salinas


La situación política canadiense en las últimas semanas ilustra por qué, en política, nada está escrito. Hasta hace poco más de un mes, era inminente que el Partido Liberal de Justin Trudeau, en el poder desde el 2015, se dirigía a la peor derrota electoral de su historia frente a un radicalizado Partido Conservador. Un mes después, la discusión pública gira más en torno al margen por el cual los liberales se impondrán en las siguientes elecciones.

¿Qué generó este giro de 180 grados en tan poco tiempo?

Recapitulemos. A mediados de enero, la aprobación de Justin Trudeau, la última gran cara visible del progresismo occidental de la última década,  estaba por los suelos. La inflación post-pandemia, el aumento del costo de las viviendas y el deterioro del sistema de salud pública opacaron los varios logros de su gobierno en aspectos cultural y socialmente progresistas. Los avances en la transición energética contra el cambio climático, en la igualdad de género y la expansión derechos de las minorías sexuales, en la reconciliación con la población indígena, entre otros, pasaron a un segundo plano para una mayoría golpeada por la realidad económica inmediata.

A medida que el plazo máximo de octubre las elecciones se acercaba, el consenso entre expertos era que la impopularidad de Trudeau se traduciría en apenas entre 27 y 47 escaños para sus liberales, muy por debajo de los 153 que actualmente sostienen su gobierno (Canadá tiene un régimen parlamentario donde el Primer Ministro es elegido por el Parlamento, por lo que tener mayoría en este es necesario para formar gobierno). Evidentemente, ni en Canadá, ni en Perú, ni en cualquier parte del mundo, un liderazgo político puede resistir costarle el cargo a dos tercios de sus aliados. Trudeau enfrentó entonces una revuelta de sus parlamentarios y, aislado, se vio obligado a anunciar su renuncia al cargo y al liderazgo del partido, desencadenando una elección interna para reemplazarlo.

La crisis en el partido de gobierno era celebrada en la vereda del frente. Pierre Polievre, líder del Partido Conservador, esperaba la convocatoria a las elecciones para que una sólida mayoría lo convirtiera en primer ministro. Político de larga trayectoria en el parlamento, en los últimos años abrazó el estilo, la retórica, la estrategia y varios slogans de Donald Trump, con un estilo confrontacional raramente visto en la política canadiense. Bajo la bandera del "sentido común", Polievre venía atacando agresivamente al gobierno de Trudeau, anunciando su gobierno eliminaría varias de las políticas liberales, recortaría impuestos, reduciría el gasto público, pondría mano dura contra el crimen y las drogas, y daría una "solución" a la migración. Ante la inminencia de la victoria de los conservadores, la carrera por el liderazgo liberal parecía apenas una formalidad antes de Polievre.

Pero mientras el Trump canadiense esperaba su chance para gobernar, el verdadero Donald Trump entró en escena y dinamitó sus planes. Su tono burlón hacia Canadá, la terca e inexplicable insistencia en anexarla a Estados Unidos y el anuncio de aranceles sin precedentes a las exportaciones canadienses fueron recibidos por los canadienses como una agresión injustificada por parte de su principal aliado que despertó una ola de nacionalismo poco usual en Canadá. Se hizo común pifiar el himo americano en partidos de hockey y basket y se reemplazaron los  los productos americanos por canadienses en las repisas de supermercados. Nueve de cada diez se opone a una hipotética anexión a su vecino del sur y 80% tiene una opinión negativa de Donald Trump y su gobierno. No resulta extraño, entonces, que, en un mes, la relación con Estados Unidos se haya convertido en la principal preocupación para los electores canadienses, desplazando a la economía que llevó a la caída de Trudeau.

La agresión trumpista revivió a los liberales. Aun Primer Ministro mientras su partido escogía un nuevo líder, Trudeau respondió de manera contundente a los embates de Trump con aranceles recíprocos y dejando claro que Canadá jamás sería parte de Estados Unidos. Su respuesta fue aprobada por sus compatriotas y su imagen pública mejoró 25 puntos porcentuales en su último mes en el cargo. Su partido empezó a subir en las encuestas al tiempo que resaltaban las similitudes entre Polievre y Trump con una serie de videos virales que mostraban a ambos políticos utilizando las mismas frases y temas. El apodo de “MAGA de Maple” (una combinación de las siglas del “Make America Great Again” trumpista con la característica hoja de maple canadiense) pegó y quedó asociado a Polievre y sus conservadores

En medio del auge liberal en encuestas, Mark Carney, prestigioso ex gobernador de los bancos centrales de Canadá y de Inglaterra, ganó contundentemente el liderazgo Liberal y asumió el cargo de Primer Ministro el viernes pasado (el Primer Ministro debe convocar a eleciones en cualquier momento antes de octubre, por lo que Carney asume por lo pronto sin necesidad de convocar a elecciones como líder del partido mayoritario). Por un lado, su calidad de outsider en política (nunca ha tenido un cargo electo ni ha sido parte de un gabinete ministerial) y experiencia en economía resulta atractiva para aquellos que buscan un cambio de rumbo económico respecto a Trudeau. Y sus primeras medidas señalaron este cambio: eliminó un impopular impuesto al carbono, redujo el número de Ministerios y trajo caras nuevas al gabinete. Pero por otro lado, su larga afiliación al partido, haber sido asesor económico de Trudeau en la pandemia, y su experiencia en finanzas climáticas en la ONU, lo hace también atractivo para aquellos deseosos de continuar por la senda progresista ante la amenaza conservadora. Asimismo, mientras Polievre sufre para desmarcarse del trumpismo, Carney ha reafirmado que no anulará los aranceles recíprocos impuestos a Estados Unidos hasta que Trump “muestre respeto”, y ha anunciado que acercarse a Europa será una de sus prioridades.

Ante estos suces, atrás quedó la inminente derrota electoral liberal. Desde que Carney asumió el cargo, cinco de seis encuestas publicadas pronostican una clara mayoría liberal. El último pronóstico de 338 Canada, el modelo predictivo más certero, estima que los Liberales obtendrán 182 escaños (¡aun más que los que tienen ahora!) contra apenas 128 de los Conservadores. Ante las buenas perspectivas electorales, se rumorea que Carney buscaría capitalizar su tendencia al alza y llamará a una elección general en los próximos días, a ser realizarse a penasun mes después.

Escribí sobre política canadiense este mes porque, como bien dijo Alberto Vergara hace un par de artículos, escribir sobre política peruana se hace cada vez más difícil (“¿Cómo escribir sobre lo extinto?”, decía). Nuestra clase política actual y la oferta política existente de cara a las siguientes elecciones hacen que ni el más optimista sea optimista. Parece escrito que nuestra situación política no mejorará. Sin embargo, lo sucedido en Canadá muestra cómo la política es dinámica y que incluso cuando todo parece definido, pueden surgir factores inesperados que reconfiguren el tablero. Quién sabe y quizás algún choque externo cambie nuestra suerte.

Juan Luis Salinas

Notas disidentes

Estudiante de la Maestría en Políticas Públicas en Asuntos Globales en la Universidad de Yale (EEUU) | Magíster en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Católica del Perú