En 2024, el Perú navegó con viento a favor. La inflación bajó, los precios de los metales subieron y hubo señales de recuperación regional. Pero no todos los botes avanzan igual, incluso cuando el viento sopla para todos. Entender qué regiones aprovecharon mejor estas condiciones —y cuáles no pudieron levantar vela— es clave para diseñar un desarrollo más justo.
La economía peruana creció 3.3% en 2024, superando las expectativas iniciales, que rondaban el 3%, y revirtiendo la tendencia negativa del año anterior. En 2023, la economía cayó 0.6%, golpeada por conflictos sociales, el ciclón Yaku, el Fenómeno de El Niño y una fuerte caída en la inversión privada. Que la economía se haya recuperado es alentador, especialmente porque vino acompañada de mejores cifras laborales: según el Ministerio de Trabajo, el empleo formal creció más de 5% entre enero de 2024 y enero de 2025.
En 2024, Perú registró uno de los crecimientos más altos de América Latina, junto a Brasil y Uruguay, y superando a países como Chile, Colombia, México y Ecuador. Según el Banco Central, crecimos por encima del promedio regional de 2%. Reconocer el crecimiento nacional es importante, pero también lo es entender sus matices.
El 3.3% de crecimiento a nivel nacional es apenas la vista aérea del país. Cuando aterrizamos en cada territorio, vemos dinámicas distintas: algunas regiones despegan con fuerza, otras avanzan lentamente y unas pocas aún están en recesión. Lo positivo es que, en general, hay más motores encendidos que apagados. Entender esa diversidad es clave para hacer política pública que funcione en el territorio.
El 2024, varias regiones presentaron un crecimiento destacable. Puno, por ejemplo, pasó de ser la región con la mayor caída en 2023 a liderar el crecimiento en 2024 (+12.2%) gracias a su sector agropecuario, con mayor producción de papa, alfalfa y plátano.
Huancavelica (+10.4%), Tumbes (+8.2%) y Apurímac (+6.9%) también avanzaron con fuerza, impulsadas por minería, hidrocarburos e inversión pública. Loreto (+5.2%), Tacna (+5.7%) y Ayacucho (+4.3%) se sumaron al grupo de regiones que aprovecharon mejor el contexto, ya sea por dinamismo agropecuario, recuperación minera o mejora en la inversión pública.
Además, once regiones lograron salir de la recesión en la que estaban el año anterior. Entre ellas destacan Junín, que tras siete trimestres en caída logró repuntar por la ampliación de la mina Toromocho; y Áncash, que mostró una recuperación en el primer semestre del año, aunque con señales de vulnerabilidad en el cuarto trimestre.
San Martín, aunque creció solo 2%, se distingue por su estabilidad: ocho trimestres consecutivos de expansión. En un entorno de alta volatilidad, mantener un ritmo constante es también una señal de fortaleza.
Pero no todas las historias son positivas. Pasco cerró el año en rojo con -2.8% por la suspensión de operaciones mineras clave. Amazonas cayó -2.4% por menor inversión en salud, carreteras y saneamiento, y por plagas y climas adversos en el agro. Ucayali (-0.8%) sufrió un desplome en hidrocarburos y cacao. En estos casos, el crecimiento no solo se detuvo: retrocedió.
El crecimiento económico es clave para el desarrollo: sin expansión de la economía, no hay generación sostenida de empleo ni mejora de ingresos para las familias. Una economía estancada limita las oportunidades y empeora las condiciones de vida. Según el Banco Mundial, entre 2004 y 2019, el 85% de la reducción de la pobreza en el Perú se explicó por el crecimiento económico. Por eso, cuando una región crece, hay más empleo, mejores ingresos y, sobre todo, mayor capacidad para cerrar brechas.
Esto es especialmente urgente en regiones donde la pobreza sigue siendo alta. Cajamarca, Loreto, Pasco y Puno tienen más del 40% de su población en situación de pobreza. Además, el 2023, la pobreza aumentó en lugar de disminuir en 20 de las 24 regiones. Promover el crecimiento económico en estos territorios no solo es justo, sino también necesario: más actividad económica significa más empleo y, con ello, mejores condiciones de vida para millones de peruanos.
Detrás de cada caso hay una historia distinta. Algunos crecen por la minería, otros por el agro, la pesca o la construcción. Algunos enfrentan retrocesos por el clima, por conflictos o por falta de inversión. Esto confirma una idea clave: no podemos aplicar una sola receta para todo el país. Las políticas públicas deben adaptarse al contexto productivo, social y geográfico de cada región.
CEPLAN ha propuesto una forma de entender la diversidad del país agrupando sus potencialidades económicas y desafíos por zonas geográficas. Este ejercicio es útil para reconocer que cada territorio tiene características distintas, y por tanto, necesita políticas diferenciadas.
Así, en el norte, se plantea la necesidad de consolidar la agroexportación mediante más infraestructura de riego y mejor logística. En el sur, el reto es fortalecer la minería formal y promover su industrialización. El centro requiere potenciar su agroindustria y mejorar su conectividad. Y en el oriente, el foco debe estar en desarrollar la economía forestal de manera sostenible.
Sin una gestión regional eficiente que acompañe estas estrategias, todo esto se queda en el papel.
También es clave reducir la informalidad. Las regiones con mayor informalidad tienden a crecer menos. Formalizar el empleo y mejorar la productividad regional no es un lujo: es una necesidad para el desarrollo.
El 2024 nos deja una lección: sí se puede crecer desde los territorios. Pero también nos advierte que el crecimiento no es automático ni garantizado. Se necesita institucionalidad, inversión y políticas públicas enfocadas en las necesidades concretas de cada región.
El Ministerio de Economía y Finanzas proyecta un crecimiento de 4% para 2025. Pero ese escenario requiere condiciones que hoy no están aseguradas: seguridad ciudadana, ejecución de inversiones, reglas claras y confianza. Si queremos consolidar lo avanzado, necesitamos tres cosas: (1) inversión pública eficiente, (2) un clima favorable para la inversión privada y (3) diálogo territorial con estabilidad.
El Perú creció en 2024 y las proyecciones para 2025 también son positivas. Pero mirar solo el promedio nacional es quedarse con una parte de la historia. Porque mientras algunas regiones avanzan con paso firme, otras siguen atrapadas en ciclos de estancamiento o retroceso. Y cuando eso ocurre, no solo se afectan los territorios rezagados: el país entero pierde dinamismo, oportunidades y cohesión.
Para lograr un desarrollo verdaderamente inclusivo, necesitamos mirar el mapa con mayor detalle. Apostar por el crecimiento regional es una estrategia clave para construir un país más justo, más competitivo y más resiliente.
Coordinadora de Proyectos y Políticas Públicas de la Red de Estudios para el Desarrollo (REDES). Docente de la Universidad del Pacífico. Magíster en Economía de la UP con experiencia en el sector público y el desarrollo económico. Se ha desempeñado como presidenta del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana.