Los heraldos negros

Mientras Fujimori, Acuña y Cerrón maniobran para evitar censura a Santiváñez, los peruanos salen a marchar para no morir.

César Vallejo, el gran poeta liberteño, capturó en sus versos las calamidades de la existencia humana que observaba en el Perú durante las primeras décadas del siglo XX. Hoy, más de un siglo después, nos enfrentamos a una realidad que evoca tiempos de podredumbre moral, que por supuesto termina siendo existencial.

En un país donde la voz del pueblo se alza con fuerza, y donde el grito por un cambio resuena en cada rincón, la respuesta de algunos congresistas ha sido la creación de enemigos ficticios, que son aquellos que se atreven a cuestionar sus verdaderas intenciones desde el poder. El uso de tácticas macartistas por parte de estos parlamentarios no solo revela su desprecio por la exigencia de rendición de cuentas, sino que también pone de manifiesto una nueva y evidente falta de respeto hacia la democracia.

En un contexto donde decenas de miles marcharán clamando por un cambio que renueva sus esperanzas de vida, nos es pertinente preguntarse: ¿no serán estos congresistas “los heraldos negros que nos manda la Muerte”?

En lugar de ser representantes del pueblo que se ve obligado a salir a marchar para no morir, los miembros de la alianza gobernante han optado por convertirse en los voceros del desprecio, utilizando métodos que tienen como único fin silenciar a los ciudadanos para seguir lucrando con el poder.

Sin embargo, los peruanos deben tener en cuenta que ellos, al decir que la marcha ciudadana organizada por los músicos y acompañada por ciudadanos de diversas tendencias políticas es una “organización de caviares” o un “Merinazo 2.0” es, ante todo, una confesión de debilidad, de temor a perder el control ante ciudadanos que exigen la censura del ministro Juan José Santiváñez.

Los congresistas, al obstaculizar este proceso con mociones entorpecedoras y estigmatizaciones absurdas, se alinean con los intereses del poder del crimen y la muerte, en lugar de los peruanos, mostrando que su lealtad está más cerca de la protección de los privilegios de la extorsión y el sicariato, que de la búsqueda de justicia y transparencia.

Así, estos “heraldos negros” se convierten en una metáfora histórica de la resistencia al cambio, al progreso y a la esperanza de un futuro mejor. La pregunta que queda en el aire es si, al final, serán capaces de escuchar el clamor de la ciudadanía que saldrá a las calles hoy o si se aferrarán a su papel de opresores, convirtiéndose en los verdaderos potros de bárbaros que arrastran al país hacia un abismo de desconfianza y desesperanza.