CPI arresta a Duterte: triunfo de la democracia

El expresidente autoritario filipino enfrenta serias acusaciones por crímenes de lesa humanidad.

El reciente triunfo del derecho internacional al ordenar la aprehensión del expresidente filipino Rodrigo Duterte por parte de la Corte Penal Internacional (CPI) marca un hito positivo en la defensa de los derechos humanos en el mundo.

Esta no solo resalta la importancia de los mecanismos jurídicos internacionales, sino que también establece un precedente crucial en la rendición de cuentas para líderes que abusan de su poder. 

La intervención de la CPI en el caso de Duterte subraya la creciente efectividad del derecho internacional en la persecución de crímenes atroces. 

A lo largo de la historia, hemos visto cómo figuras como Nicolás Maduro y Benjamín Netanyahu han sido objeto de acusaciones serias por violaciones de derechos humanos, y la acción de la CPI en el caso filipino podría abrir la puerta a futuras acciones contra aquellos que creen estar por encima de la ley. Este es un mensaje claro: el poder no es un escudo contra la justicia.

Mirando hacia América Latina, la situación en Perú añade una capa adicional de urgencia a este discurso. La presidenta Dina Boluarte enfrenta un proceso en etapa preliminar en la Corte Penal Internacional en medio de un clima de violencia e inestabilidad. Con 49 vidas perdidas y más de 340 heridos, el silencio del Gobierno ante la gravedad de la situación no debería ser ignorado. 

Las instituciones democráticas deben ser el baluarte de la justicia, y la comunidad internacional tiene la responsabilidad de apoyar estos esfuerzos. Si bien la judicialización de la política puede ser vista con escepticismo, la alternativa —la impunidad— es inaceptable.

El camino hacia la justicia es largo y a menudo complicado, pero el reciente avance en la CPI nos recuerda que la verdad y la justicia pueden prevalecer. 

La comunidad internacional debe permanecer unida y vigilante, apoyando a las víctimas y exigiendo que aquellos que han cometido atrocidades respondan por sus actos. Solo así las sociedades podrán construir un futuro en el que los derechos humanos sean verdaderamente respetados y la justicia sea un derecho para todos, no un privilegio para unos pocos.