La salida de Luis Almagro de la Secretaría General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) es el cierre de una etapa que estuvo marcada por la defensa de la democracia y los derechos humanos, pero también por fuertes cuestionamientos dentro y fuera del organismo.
Almagro, quien llegó a la Secretaría General con el apoyo mayoritario de los Estados miembros, se convirtió en una figura polarizadora.
La crisis en Bolivia tras las elecciones de 2019 y la retirada de Venezuela y Nicaragua de la OEA son parte del legado de una gestión que apostó por una interpretación amplia de las facultades del secretario general, lo que debilitó la cohesión de la entidad multilateral.
Ahora, la OEA inicia un nuevo capítulo con la llegada de Albert Ramdin a la Secretaría General. El diplomático, elegido por aclamación de los 34 países con derecho a voto, se convierte en el primer surinamés en liderar la organización.
Ramdin no es un desconocido en la OEA: su experiencia como secretario adjunto entre 2005 y 2015 le otorga un profundo conocimiento de la institución y de sus dinámicas internas.
Su elección representa un giro hacia un liderazgo que, según sus respaldos, buscará recuperar la capacidad de la OEA para construir consensos y evitar la polarización que caracterizó la gestión de Almagro.
Los desafíos que enfrenta Ramdin son múltiples. Deberá lidiar con la crisis en Haití, Nicaragua y la postura del régimen de Venezuela, que sigue sin reconocer la legitimidad de la organización.
Además, tendrá que manejar las reformas que impulsa Trump, que incluyen un posible recorte de los fondos que EEUU destina a la OEA, lo que lo obligará a buscar nuevas fuentes de financiamiento.
En mayo, cuando asuma el cargo, Ramdin tendrá la oportunidad de demostrar si es capaz de devolverle a la OEA su papel de foro hemisférico por excelencia o si, por el contrario, la fragmentación y la pérdida de relevancia del organismo se profundizarán aún más.