“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”, dice el inicio del tango Cambalache. No es simple poesía profética, es un retrato de nuestra actualidad. De Lima a Washington, de Budapest a Yakarta, de Nueva Delhi a Seúl, la democracia se tambalea como un borracho intoxicado de fernet. La cachetada de realidad que supone el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, debería servirnos de advertencia: el Perú no es una anomalía, es parte de una tendencia global. Nuestra frágil democracia quizás se ha desmoronado de una forma particular, pero no estamos solos en esta pista de baile.
Es indudable que las democracias se construyen o destruyen en casa, pero hace mucho aprendimos que el contexto internacional importa. Como diría Samuel P. Huntington, los cambios de régimen político suelen ocurrir en “olas”. Aunque los especialistas discrepan sobre los años exactos de inicio y fin de estas dinámicas globales, nadie duda de su existencia. Entre 1850 y 1920, aproximadamente, ocurrió una primera ola de democratización. En un mundo aún dominado por autoritarismos cerrados, la democracia —tal y como la conocemos hoy— dio sus primeros brotes en Europa Occidental. Posteriormente, entre 1926 y 1942, llegó una ola en dirección opuesta, marcada por reversiones autoritarias durante el periodo de entreguerras.
Las fuerzas democráticas darían un segundo sacudón global luego de la Segunda Guerra Mundial (1945-1960), solo para retroceder entre 1961 y 1977 en una nueva tendencia global hacia la autocratización. Así llegamos al periodo que hoy se nos escapa de las manos. Si el estado del mundo nos parece un mamarracho, es en parte porque nuestro punto de referencia es la llamada “tercera ola de democratización”, que comenzó con la caída de las dictaduras en el sur de Europa y se aceleró con el fin de la Guerra Fría.
Ni el más osado redactor de libros de autoayuda, de esos que retuercen las tripas con su positivismo tóxico, habría imaginado la magnitud del cambio. Hacia fines de los años 70, la norma histórica de que más de la mitad de los territorios del mundo vivían bajo autoritarismos cerrados – es decir, lo más bárbaro del abuso de poder y la negación de la libertad – se había roto. De ahí en adelante el modelo del autócrata sin disimulo, al estilo de Corea del Norte, China, o Cuba, pasaría a ser una minoría.
Igualmente, llegar al poder a través de medios violentos, como los golpes militares, sería más repudiado que nunca, por más esfuerzo que se pusiera en el palabreo para justificar la causa. La legitimidad terminó reposando en esa institución que llamamos elecciones. Por eso, ahora hasta los líderes más autoritarios quieren ser electos (o al menos pretender serlo). ¿Aló, Venezuela?
Más importante aún, la democracia floreció en lugares que parecían inhóspitos para su cultivo. Durante mucho tiempo, se la consideró una aspiración negada a los rincones menos desarrollados del planeta. Pero la última ola de cambios democráticos desafió el pesimismo de las precondiciones. La democracia se extendió prácticamente por todas las regiones del mundo.
Pero tampoco se trata de edulcorar nuestro pasado reciente. Muchas de las nuevas democracias estaban llenas de imperfecciones o, peor aún, no eran realmente democracias. Como sabemos bien los peruanos, al menos desde el autogolpe de Fujimori, las elecciones no son lo mismo que la democracia. Y como ha demostrado Maduro hace muy poco con su escandaloso robo a mano armada del proceso electoral el año pasado, hay autoritarismos perversos que practican elecciones que ya no tienen nada de democráticas.
A estas alturas, uno tiene la tentación de rebautizar el proceso global. Más que una ola de nuevas democracias, estábamos frente a una ola de expansión de elecciones más o menos imperfectas. Aun cuando las elecciones son libres y limpias, abundan los ejemplos de líderes electos que, una vez en el poder, atacan las libertades de la población. Bajo una fachada de legitimidad democrática y leguleyadas, los presidentes destruyen el sistema que los llevó al gobierno. No pocas veces, como sucede con el actual presidente de Estados Unidos, son elegidos tras prometer precisamente eso: hacer que el país sea menos democrático. Son los invitados de honor a una fiesta que desprecian, intentan apagar la música y planean derrumbar la casa. Me disculparán los más jóvenes, pero toca decirlo. Cuesta mucho repetir la frase de moda: escuchamos, no juzgamos.
Ahora bien, la tercera ola se ha agotado. No había una relación estable con la democracia, solo era un good time. Para comprobarlo, tenemos diferentes medidas. En un artículo reciente, Argiollo y sus colaboradores muestran que los niveles de democracia en 2023 podrían haber caído a valores no vistos desde 1998, aunque el hallazgo no es del todo contundente. Cuando incorporan las diferencias en el tamaño de la población, el cambio se vuelve más dramático: hemos regresado a los niveles de 1985. ¡Antes de la caída del Muro de Berlín! Y si consideramos el tamaño de la economía, el retroceso democrático nos lleva hasta 1973, es decir, antes del inicio de la tercera ola.
Vivimos en una ola de autocratización. Según las cifras de Regimes of the World (ROW), había 22 autoritarismos cerrados en 2012 y ahora hay 33 casos. Por su parte, las democracias liberales han disminuido de 43 a 32, respectivamente. Para decirlo de otro modo, hoy las democracias son menos democráticas y los autoritarismos son más autoritarios que hace 10 años.
En efecto, la población mundial que vive en algún tipo de autoritarismo ha aumentado del 48% al 71%. Esto significa que casi tres cuartas partes de la población mundial vive bajo regímenes que restringen sus libertades, amañan las elecciones o directamente eliminan toda forma de contrapeso político y competencia electoral.
Sorprendentemente, Lührmann y Lindberg han encontrado que este declive global de la democracia empezó tan temprano como en 1994. Y no se ha detenido. Hacia 2017, el número de países que se encontraban en un proceso de autocratización ya superaba a los países que aumentaban sus características democráticas. Si bien la mayoría de los países siguien siendo democráticos, la reversión autoritaria sigue en curso y afecta notablemente a países con mucha población y/o poderío económico.
Desde la ciudadanía peruana, haríamos bien en dejar de mirarnos el ombligo y entender este nuevo ritmo del autoritarismo global que también nos afecta. Uno en el que la tendencia ya no es desaparecer las elecciones, aunque sean irregulares, sino esconder las bravuconadas detrás de una careta democrática.
Además de recuperar nuestra propia experiencia en los 2000 y antes, nos toca observar con atención lo que hace la oposición en el mundo para sacudirse la plaga del autoritarismo. Si los aspirantes a autócratas aprenden sus guiones unos de otros, ¿por qué no hacer lo mismo para defendernos de ellos?
Politólogo y candidato a doctor por la Universidad de Northwestern (Chicago, Estados Unidos), donde también se desempeña como miembro del equipo de ciencia de datos. Actualmente, es coordinador general del proyecto Puente para la difusión de información académica a través de redes sociales