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Opinión

Bad Bunny y el reguetón como espejo de América Latina, por Daniel Encinas

Pero hoy, el reguetón también nos recuerda lo que significa vivir en países marcados por una fuerte dependencia de potencias extranjeras, atravesados por las venas abiertas de la herencia colonial y el mestizaje. Es la banda sonora de territorios fragmentados por diferencias de toda índole, pero también profundamente ricos en tradiciones que resisten y dialogan con las tensiones de un mundo globalizado.

Daniel Encinas
Daniel Encinas

Corría el año 2017, y Despacito, la colaboración entre Luis Fonsi y Daddy Yankee, resonaba por todos los rincones del mundo. Yo acababa de mudarme a Estados Unidos y, en una reunión con tres amigos de continentes diferentes, me pidieron traducir la letra. No era casualidad: la canción rompería cinco récords Guinness, permanecería 16 semanas en el primer puesto del Billboard Hot 100 y superaría los 8600 millones de reproducciones en YouTube.

Unos años después, andar en Uber por las calles de Chicago, donde vivo, se convirtió en una experiencia auténticamente multicultural. La música de la radio sonaba en tres idiomas: inglés con los éxitos del pop, coreano con el auge del K-Pop y, por supuesto, español con el reguetón como protagonista. Este género, que ya tenía alcance global desde antes, ahora era mucho más. Se había consolidado como uno de los pilares de la música contemporánea y como un poderoso símbolo de la identidad latinoamericana.

Como peruano dedicado a las ciencias sociales, este fenómeno me fascinaba. Pero, al mismo tiempo, no podía evitar cierta incomodidad. ¿Acaso ser latinoamericano se limitaba a ese sonsonete que había bailado despreocupadamente en el colegio y la universidad? ¿Dónde quedaban los ritmos tradicionales que mi abuela escuchaba en casa? ¿Y qué pasaba con las complejidades de la región, esas que iban más allá de las letras hipersexuales del género? Me preocupaba que la riqueza cultural de América Latina se redujera a un solo beat, acompañado de versos superficiales.

No podía haber estado más equivocado. Lo que en un inicio parecía una simplificación peligrosa terminó convirtiéndose en un caballo de Troya. Poco a poco, el reguetón demostró ser mucho más que ritmos contagiosos y estribillos repetitivos. Los artistas del género comenzaron a elevar sus propuestas, incorporando sonidos tradicionales de la región y ampliando las temáticas de sus letras. Sin abandonar del todo el contenido sobre sexo y drogas, las canciones empezaron a abordar problemáticas sociales, políticas y económicas.

Ningún artista encarna mejor esta transformación que Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido mundialmente como Bad Bunny. Con un estilo disruptivo y letras que oscilan entre lo íntimo y lo político, Bad Bunny no solo revolucionó el reguetón: lo convirtió en un vehículo para explorar y reivindicar la identidad latinoamericana en toda su complejidad.

El mejor ejemplo de ello es su último álbum de estudio. En Debí Tirar Más Fotos, Bad Bunny no solo canta reguetón y trap; también incorpora géneros como la salsa, el bolero y otros ritmos afrocaribeños que evocan las raíces culturales de su isla, Puerto Rico. Pero su propuesta no se queda en lo musical. En este trabajo, aborda temáticas como la gentrificación, el impacto de la diáspora, la explotación de recursos naturales, las tensiones entre la globalización y las costumbres locales, y la densidad de los lazos familiares y amicales que definen la región. Todo esto, sin abandonar las referencias a la fiesta, el desamor y las relaciones casuales que han sido una constante en su música.

El disco no viene solo. Su lanzamiento está acompañado por un cortometraje y visualizers de YouTube curados por el profesor Jorell Meléndez Badillo, de la Universidad de Wisconsin-Madison. Estas piezas destacan eventos clave de la historia puertorriqueña, como la colonización española, el asesinato de activistas y el actual periodo de crisis marcado por el endeudamiento.

Debí Tirar Más Fotos no es solo una colección de canciones; es un reflejo de la identidad puertorriqueña y, por extensión, latinoamericana. El “conejo malo” ha declarado que se trata de su disco más puertorriqueño hasta el momento. Sin embargo, también es su disco más latinoamericano, incluso de formas sutiles que casi pasan desapercibidas. En Bokete, según ha señalado el artista, lo que parece una simple historia de amor termina resaltando los huecos en las avenidas. En Veldá, un reguetón en colaboración con Omar Coutz y Dei V, no falta la ya clásica referencia a los barrios pobres y sus problemáticas, como la aspiración de los jóvenes a ser “bichotes” (capos de la droga), una realidad común en varias regiones marcadas por la criminalidad como alternativa a las oportunidades sociales.

Lo interesante es que esta propuesta musical no solo es elogiada por la crítica, sino que también es un éxito comercial. En Spotify, Bad Bunny encabeza la lista de Top Artist, y sus diecisiete nuevas canciones ocupan el Top 50 Global, incluida la primera posición. En YouTube, sus videoclips y visualizers están en tendencia, mientras que en TikTok varias canciones ya se han viralizado con trends de baile y fotografía.

Por supuesto, este cambio no ocurrió de la noche a la mañana. La transformación del reguetón ha sido un proceso gradual, impulsado por múltiples artistas. Antes de Nuevayol, los samples de salsa ya se escuchaban en canciones de Young Miko, Milo J y Karol G, mientras que Rauw Alejandro reinterpretó hace poco el clásico Tú con él de Frankie Ruiz. La vertiente colombiana – liderada por J Balvin, Maluma, Feid y el puertorriqueño Nicky Jam – mostró un lado más melódico y romántico del género, evocando la sensibilidad del vallenato. Desde Argentina, Tini añadió el sabor de la cumbia villera; desde México, Peso Pluma incorporó la crudeza de los corridos tumbados; y la brasileña Anitta le inyectó la energía del funk carioca. Hace no mucho, el propio Benito abrió la edición de los Grammys al ritmo vibrante de merengue y mambo.

En cuanto al contenido, el reguetón también ha evolucionado en sus temáticas. Los roles de género son desafiados en diversas canciones y en las propuestas de artistas como Villano Antillano, quien, desde una perspectiva abiertamente LGTBI, expone lo que significa vivir y resistir en sociedades profundamente conservadoras. Y artistas como Residente han utilizado el género para abordar desigualdades económicas y la historia de la región, colaborando con grandes figuras como nuestra Susana Baca.

El reguetón quizá nunca debió ser subestimado. Desde sus orígenes, al fusionar reggae jamaiquino y hip hop en español, representó un intercambio cultural entre Panamá, Estados Unidos y Puerto Rico. Sus líricas deslenguadas siempre fueron un retrato crudo de los márgenes de la sociedad latinoamericana. Pero hoy, el reguetón también nos recuerda lo que significa vivir en países marcados por una fuerte dependencia de potencias extranjeras, atravesados por las venas abiertas de la herencia colonial y el mestizaje. Es la banda sonora de territorios fragmentados por diferencias de toda índole, pero también profundamente ricos en tradiciones que resisten y dialogan con las tensiones de un mundo globalizado.

El reguetón, y más ampliamente el género urbano, nos muestra que la búsqueda de una identidad común es un baile interminable. Un baile entre lo mundial y lo local, entre las heridas del pasado y los desafíos del presente, entre lo cotidiano y la alta política. Nos guste o no, esa danza ocurre ahora al ritmo del dembow, entrelazado con nuestras músicas tradicionales de raíces indígenas y africanas, siempre reinventadas con los sonidos del mundo.

Si América Latina es cada vez más sinónimo de reguetón, la buena noticia es que el reguetón se ha convertido en un espejo más fiel de América Latina.