Conozco a Inés hace 14 años. Es una mujer fuerte, dura y decidida, capaz de sentir ternura y abrazar a las víctimas de violencia que defiende, pero también con la valentía para enfrentar al poder y a la injusticia. La primera vez que la vi, reclamaba por los derechos de mujeres migrantes, acosadas y violentadas por sus parejas, hombres peruanos, pero que se quedaban por un amor más grande, el amor a sus hijos.
La volví a ver en la Comisión de Justicia, reclamando por leyes efectivas, luego en el Ministerio de Justicia impulsando reformas. El tiempo nos unió en las mismas batallas, mujeres peleando por mujeres, buscando a hombres que entendieran que el problema no era enfrentarnos, sino unirnos para luchar contra un enemigo común: la violencia.
Solo uno de cada 200 casos de violencia contra la mujer termina en sentencia y solo cuatro de cada 100 llegan a acusación fiscal. Las mujeres se cansan, se asustan, se les hace imposible seguir, mantener a sus hijos y sostener los costos de procesos interminables. El sistema las deja atrás.
Inés llegó esta vez acompañada de Paula, Natalia y otras mujeres, algunas de ellas compañeras de otras batallas. Los casos son siempre difíciles, incluso algunos incluyen tocamientos, pero en todos enfrentan a un sistema de justicia que no responde. La justicia es clave para garantizar derechos y necesitamos los recursos y la voluntad política para hacerlo funcionar sin interferencias, con autonomía pero sobre todo con resultados.
No acepto un discurso que destruye o viola derechos, y creo en la libertad plena, que debe ser garantizada desde el poder y las leyes.
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Mujeres peleando por mujeres, hombres y mujeres luchando por un país justo. La justicia es para todos y no debe haber privilegios, pero sí se debe proteger a los más frágiles, a los más débiles. Esa debe ser nuestra consigna.