¿Qué nos pasa con los puentes?, por René Gastelumendi
Los puentes limeños han sufrido incontables atentados, tanto del hombre como de la naturaleza, que debe ser monitoreada por el hombre para evitar que pase lo que pasó este viernes.

Desde los tiempos en que un funcionario de la municipalidad de Lima, entonces administrada por Luis Castañeda Lossio, aquel verano del 2017, acuño la frase “no se cayó se desplomó” para explicar la negligencia que, en pleno fenómeno del niño, acabó con el puente Solidaridad, los puentes limeños han sufrido incontables atentados, tanto del hombre como de la naturaleza que debe ser monitoreada por el hombre para evitar que pase lo que pasó este viernes.
El último episodio traumático con puentes es lo ocurrido con el puente Chancay, simbólica bofetada al optimismo que un mega puerto, con el mismo nombre, Chancay, nos insufló cuando a fines del año pasado llegó Xi Jinping para inaugurar la millonaria inversión china. Tremenda infraestructura la del mega puerto que no contaba con esta humillación vecina y venidera, a solo pocos kilómetros, que se ha llevado por lo menos 4 vidas humanas y herido a más de cuarenta personas. Familias de luto, hospitales colapsados, la Panamericana Norte paralizada y un ministro de transportes, Raúl Perez Reyes, a quien levantaron de su cama para atender una emergencia que, claramente, lo excede. Su cara, la madrugada del viernes, no era de sueño, era de algo peor: de no saber qué hacer cuando las cosas se complican y hay que salir del bendito piloto automático sin legitimidad que es este gobierno más malo que mediocre.

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De no saber responder por qué cuernos no se fiscalizó este puente crucial para el transporte y la economía del país dado que conecta Lima, con el norte del país, en términos de transporte interprovincial de personas y transporte de mercaderías. Falló el estado, sí, pero, también falló la empresa privada que desde el 2003, por medio de la peruana Norvial, tiene a cargo la concesión del tramo en donde está ubicado este puente que todos los años, está escrito, sufre los embates de la erosión debido al incremento del caudal del rio por las lluvias estacionales. ¿Ese es el puente que iba a conectar Lima con el megapuerto de Chancay? Qué paradoja más cruel, que el puente estropeado nos haya recordado que por más mega inversiones y baja inflación, seguimos siendo la republiqueta individualista, negligente e informal de siempre, esa que mata, esa que parece detestar tanto los puentes de nuestra precaria infraestructura como los puentes del diálogo.
Antes de que esto suceda, el martes, otros puentes ya tenían problemas por la cantidad de choferes irresponsables que no tienen idea de la altura del vehículo que manejan. Por quinta vez, desde el 23 de enero, un camión chocó con el puente de la bajada de los baños de Barranco y el chofer se dio a la fuga con su vehículo destartalado con sus partes cayendo por la ciudad. Desde el 2024 hasta la fecha se han registrado 25, sí, 25 impactos contra los puentes de Lima y la municipalidad ha tenido que gastar 5 millones de soles para reparar y ponerlos nuevamente operativos. El puente Abancay es otro, el puente del panamericana sur, otro, sobran los ejemplos. Irresponsabilidad pura de los transportistas que, conduciendo vehículos con dimensiones superiores a la altura señalada en los puentes, circulan por lugares prohibidos expresamente poniendo en peligro la vida de las personas y ocasionando millonarias pérdidas económicas por el tiempo perdido en el tráfico infernal que se genera luego, por semanas. El actual Gerente de Emape, Carlos Peña, propone que la pena no pase solo por una multa si no que se procese a estos conductores y a las empresas que los contratan, que son responsables solidarios, por el delito de “exposición de personas al peligro” y que detengan al infractor. Los puentes no son lo nuestro, nunca lo fueron.