La vigencia de Orientalismo, por Cecilia Méndez
Publicado por primera vez en inglés en 1978, Orientalismo hizo furor en los ochenta, marcando un antes y un después en las humanidades y en las ciencias sociales. Said se centró en deconstruir textos paradigmáticos de la literatura y filosofía europea desde fines del siglo XIX y sus representaciones del Oriente, desvelándolas como mitos.

Las páginas de mi viejo ejemplar de Orientalismo están descoloridas. Solía asignar el libro en mi curso Métodos de la Historia para estudiantes de maestría y doctorado cuando empecé a dictarlo a fines del siglo pasado aquí, en California. Hasta que un día dejé de hacerlo. Ya no era necesario, pensé; sus ideas eran ahora el “sentido común” en la academia gringa, al menos en las humanidades. Eso creí. Pero después de más de 60,00 palestinos muertos, más de cien mil heridos, una Gaza destruida por casi un año y medio de bombardeos sin tregua por parte de un Israel avalado y financiado por las llamadas “democracias occidentales” capitaneadas por Estados Unidos, debo confesar que me equivoqué. Necesitamos volver a Said. He vuelto a asignar el libro en mis cursos.
No dudo que as ideas de Eduard Said (1935-2003), el célebre intelectual palestino, autor de Orientalismo, entre otros libros, y profesor en la Universidad de Columbia por muchos años, calaron en muchos. Pero en otros, y me temo que son la mayoría de académicos, solo lo hicieron en apariencia. Como un elegante argumento de intelectual, para hacer carrera como liberales preocupados por los derechos de otros pueblos…. Pero no necesariamente cuando se trataba de actuar políticamente a la luz de sus ideas. Hoy todos los velos se han caído… Cuanto más alto el cargo y cuanto más rica la universidad, la preocupación por los derechos de otros pueblos, “lejanos”, “árabes”, “orientales”, parece menos genuina. De otra forma, no se explicaría como tantos académicos simpatizantes del partido Demócrata guardaron un silencio cómplice, en el Congreso en sus universidades, cuando había que oponerse en vez de perpetuar el envío de armas a Israel, posibilitando la continuidad de la masacre de palestinos, mucho de ellos niños, que fueron quemados vivos con el pretexto de Israel tenía que defenderse de Hamas. Si se hubiera tomado en serio a Said no se hubiera visto a tantas altas autoridades universitarias agachar la cabeza ante los lobbies sionistas a cambio de millones entregados sus universidades, las más ricas del país, ni mandando reprimir brutalmente a estudiantes y profesores que protestaban contra el gobierno de Biden, por ser cómplice y financista del genocidio de palestinos.
Publicado por primera vez en inglés en 1978, Orientalism hizo furor en los ochenta, marcando un antes y un después en las humanidades y en las ciencias sociales. Said se centró en deconstruir textos paradigmáticos de la literatura y filosofía europeas desde fines del siglo XVIII y sus representaciones del Oriente, desvelándolas como mitos. El Oriente era una lugar exótico e inamovible, sus habitantes caricaturizados al extremo de la deshumanización. A esa visión --que consideraba al “otro” como poco menos que un salvaje, un ser inferior, se contraponía un occidental civilizado y superior-- Said la llamó “orientalista”. Pese a que su estudio se centraba en las representaciones “occidentales” del Oriente, el libro influyó en todo el mundo por romper con el paradigma positivo con el que estas disciplinas legitimaban el conocimiento que producían; es decir, su carácter supuestamente científico y objetivo. Por ello, Orientalismo es tal vez el libro que mejor ejemplifica el nacimiento de la perspectiva “posmoderna”
Lo importante — y peligroso— del discurso orientalista es que no se limita al mundo académico. Imágenes orientalistas están presentes, como analiza Said, en una amplia producción cultural consumida en todo el mundo, desde las novelas de Flaubert hasta — podemos agregar — películas de Hollywood, como lo resume tan bien el documental Reel Bad Arabs, de Sut Jhally (2006) disponible en YouTube. En la abrumadora mayoría de películas de Hollywood, el “árabe” nunca un ser humano “normal”; es un estereotipo —desde el millonario, avaro y corrupto de un país petrolero, hasta el terrorista palestino— para no hablar de mujeres de ondulantes caderas, hipersexualizadas; tal como señala en el documental, en el preciso momento en que más mujeres árabes destacaban como profesionales y científicas. Ninguna de estas imágenes es inocente. Muchas de estas películas incluso, como revela el documental, fueron financiadas por el Departamento de Estado de EEUU.
En Orientalismo (traduzco de la edición en inglés de Vintage Books, New York, 1979), Said explica que mientras “el anticolonialismo se extiende y unifica al mundo oriental, el orientalista maldice todo ello no solo como una molestia sino como un insulto a las democracias occidentales. Mientras (…) la destrucción nuclear, la catastrófica escasez de recursos, y demandas sin precedentes por justicia e igualdad económica remecen el mundo, las caricaturas populares del Oriente son explotadas por políticos que se surten ideológicamente no solo del tecnócrata semi-iletrado sino también del orientalista super letrado. El legendario arabista del Departamento de Estado advierte sobre planes árabes para toma el mundo. El pérfido chino, indios semi desnudos y musulmanes pasivos son descritos como buitres debido a ‘nuestra’ generosidad y son maldecidos mientras ‘los perdemos’ al comunismo, o a sus degenerados instintos orientales: la diferencia es escasamente significante” (p. 108).
En otras palabras, Said señala — y el paralelo, el Perú de Boluarte es inevitable— cómo mientras la gente se moviliza políticamente el imaginario orientalista “inunda la prensa y la mente popular caracterizando a los árabes como gente que monta camellos, terroristas (…), corruptibles libinosos cuyas fortunas mal habidas son una afrenta a la verdadera civilización”. El resultado, en última instancia (cuando no la meta) es la deshumanización que justifica la apropiación de sus recursos sin necesidad de explicaciones. Prosigue Said, “pese a que el consumidor occidental pertenece a una minoría numérica, siempre merodea la idea de que tienen derecho a poseer o gastar — o a ambas cosas— la mayor parte de los recursos del mundo. ¿Por qué? Porque él, a diferencia del oriental, es un verdadero ser humano (…) El occidental blanco de clase media cree que es su prerrogativa humana no solo manejar el mundo no blanco, sino poseerlo, solo porque ‘ese’ no es tan humano como “nosotros” (p. 108).
Por eso, cuando Trump dice, como presidente de EEUU que “vamos a poseer Gaza” y que los palestinos deben ser echados de sus tierras, las que sus antepasados han ocupado por siglos, no está diciendo algo nuevo. Solo es menos hipócrita y más desinteresado por las formas. Meses antes, Bliken, el Secretario de Estado de Biden, estuvo negociando, a puerta cerradas, con Egipto, el plan sionista de expulsar a los palestinos al Sinaí. Trump hace más difícil ocultar el proyecto imperialista y sionista que subyace a las políticas estadounidenses en Palestina. Y es una obligación moral oponerse. Porque, como bien dijo Francesca Albanese, y lo he mencionado ya en una columna anterior, “el genocidio empieza con la deshumanización del otro”.