Cipriani vs. Francisco, por Irma del Águila
Lo primero a destacar de estos penosos eventos es la determinación del papa Francisco de limpiar “la casa”. Tarea harto complicada, habida cuenta del poder de estas instituciones, arraigadas en el poder político y corporativo en el Perú.

El diario “El País” de España señala que el cardenal Juan Luis Cipriani, el primero del Opus Dei, fue separado del cargo en 2019 por el papa Francisco, por acusaciones de pederastia. La noticia sobre Cipriani, uno de los adalides de la ofensiva ultraconservadora en el Perú, viene solo días después de la disolución del Sodalicio por el papa Francisco.
El periodista Íñigo Domínguez revela en “El País” el testimonio conmovedor de la víctima, que en 1983 tenía entre 16 y 17 años: “Yo estaba arrodillado frente a él [Cipriani], entre sus piernas. Cuando me tenía totalmente demolido emocionalmente, me abrazaba. Eran abrazos largos, incómodos. Luego pasó del abrazo a meter la mano debajo de mi polo, por la espalda, y la sobaba por largo rato. Después metía la mano, levantando el buzo, acariciando mis glúteos”.
El cardenal Cipriani emitió un comunicado ayer (25 de enero) en el que desmiente los alegatos de la víctima y soslaya una crítica al papa Francisco pues, sostiene, fue condenado “sin haber sido escuchado”. Cipriani señala al final del documento su “rechazo y repulsa total a los abusos sexuales a menores y personas vulnerables”. Lamentablemente, la escucha a las víctimas de abusos sexuales no es una virtud que se recuerde del exarzobispo de Lima.
En 2013, luego de conocerse las acusaciones contra el obispo auxiliar de Ayacucho, Gabino Miranda Melgarejo, por pedofilia, Juan Luis Cipriani invocó a “no hacer leña del árbol caído”. Ante las críticas formuladas por monseñor Bambarén al obispo auxiliar de Ayacucho, Cipriani salió al paso: “No me parece de buen gusto que un obispo retirado haya hecho una denuncia un poco exagerada”. Ese mismo año, Gabino Miranda fue destituido de su cargo y separado del ejercicio del sacerdocio por orden del Vaticano.
Juan Luis Cipriani, que fue arzobispo de Ayacucho en los años 1990, durante los duros años del conflicto armado interno, reconoce haberse referido a la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos en términos poco pastorales: “¡Esa cojudez!”.
Lo primero a destacar de estos penosos eventos es la determinación del papa Francisco de limpiar “la casa”. Tarea harto complicada, habida cuenta del poder de estas instituciones, arraigadas en el poder político y corporativo en el Perú.
A propósito, el 7 de enero, Juan Luis Cipriani recibió la medalla al Orden de Mérito Municipal de manos del alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, también del Opus Dei. Ayer sábado, el alcalde salió en defensa de Cipriani, protestando por la “gravísima difamación que está sufriendo”. En el texto publicado en X (Twitter) no hay una sola palabra de empatía por la o las personas que denuncian.
Lo segundo es que las denuncias de pederastia y acoso sexual que pesan contra sacerdotes de la Iglesia católica no pueden seguir considerándose casos aislados o “manzanas podridas”. Los escándalos sexuales que involucran a sacerdotes católicos (ojo, aunque no solo de esa confesión), denunciados por la prensa en Estados Unidos, España, Chile y en otros países, se cuentan por miles y hablan de casos donde el poder que se ejerce contra niños, niñas y adolescentes para obtener el consentimiento o el silencio por los tocamientos se da al amparo de la autoridad que ostentan como ministros de Dios.
Lo tercero, a diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos, España, Chile, donde la justicia para las víctimas se abría paso, en el Perú ocurría lo contrario: se producía un escenario distópico. El Perú fue tal vez el único país en el mundo donde los periodistas (como ocurre con Paola Ugaz y Pedro Salinas) que revelaban graves abusos contra menores por parte de sacerdotes católicos eran querellados por años con una diligencia judicial alarmante. El Perú fue tal vez el único país en el mundo donde las instituciones religiosas involucradas (Opus Dei, Sodalicio) y sus seguidores, acusados de gravísimos delitos contra menores, no han pedido perdón a la sociedad peruana. ¿Cómo así el Perú es una tristísima “excepción moral” ante el clamor de justicia en el mundo?
Tal vez porque en el Perú el Estado está tomado por poderes fácticos (iglesias, corporaciones oligopólicas y también negocios ilegales, medios, etc.), que trasgreden incluso la apariencia del marco legal. Tal vez porque en el Perú no existen “ciudadanos” en el sentido contemporáneo del término, es decir, la idea de que los peruanos son sujetos de derecho.
De la disolución del Sodalicio y de las graves acusaciones que pesan sobre esta y sobre el Opus Dei no cabe esperar ninguna reacción política o moral de este gobierno ni de este Congreso, ni siquiera atendiendo al hecho de que, en el papel, el Estado peruano es laico. Faltaba más.