Estamos a tiempo de entender(nos), por René Gastelumendi
"Hay una corriente, una energía presente, vigorosa, de descontento ciudadano alrededor de un adelanto de elecciones o lo que sea que se le parezca, así sea simbólico, dados los plazos".

“Fracaso, cuatro gatos, marcha de terrucos, de comunistas, de manipulados, los caviares, los peores de todos, los respaldan”. “No pasa nada”. Están buscando su muerto, siempre buscan un muerto para lograr su objetivo. “La marcha no prendió, ja, ja, ja”, me burlo, me tomo mi foto burlándome.
Cachita, harta cachita. Qué difícil es para la derecha extrema reconocer que también existe una realidad distinta a la única que ellos quieren que exista, ¿no?, la única realidad que reconocen sin descalificarla de plano al punto de llamar “traidores a la patria” hasta a la derecha liberal o a quienes, si no apoyan, no despotrican de las protestas porque las comprenden o se dan el trabajo de comprenderlas.
Lo mismo pasa con la izquierda, ojo, pero esta vez los más temerosos y reaccionarios han sido los más ilustres defensores de la DBA, quienes inundaron las redes de negación, de anulación del otro porque quienes cuestionan el tablero no son los Mulders, los Montoyas ni los Caveros ni los López Aliaga ni los Torres ni Aguinagas. Es cierto que ver a Verónika Mendoza y toda su mochila de incoherencia allí presente no propicia entendimiento, es cierto que parte de la agenda de protesta incluía la liberación del golpista Castillo, su reposición, una asamblea constituyente, entre otras perlas de intransigencia atribuibles a la orilla izquierda.
Cierto es también que no hay un líder ni protolíderes convocantes, capaces de aglutinar, y que la protesta ha sido un cúmulo de grupos desordenados un poco más hartos de la crisis política que aquellos quienes, con todo derecho, prefirieron seguir trabajando, pero eso no ha sido todo, en modo alguno. Hay una corriente, una energía presente, vigorosa, de descontento ciudadano alrededor de un adelanto de elecciones o lo que sea que se le parezca, así sea simbólico, dados los plazos.
Si la gestión de Boluarte, quien tiene una oportunidad de alejarse del Parlamento, no juega bien el ajedrez, el descontento puede encenderse mucho más.
Un Congreso con 90% de desaprobación no puede seguir haciendo de las suyas, un primer ministro no puede recurrir a un partido de fútbol para desinflar la protesta y las fuerzas políticas no pueden seguir rechazando lo evidente: dejen de tratar de llegar al 2026 con fórceps, reprimiendo una explosión social que debe darse por las vías democráticas. Esta vez no hubo muertos, no hubo desmanes, la Policía actuó bien, pero la paciencia y las cartas se agotan.