Los haters de Central, por Maritza Espinoza
“Seamos honestos, todo peruano en extrema pobreza está excluido, de antemano, de los beneficios...”.

Probablemente, no pagaría 700 dólares por un abrigo de baby alpaca de Kuna, o los cien y pico que cuesta una joya de plata de Ilaria, ni los 400 que vale una blusa de Sitka Semsch, pero cada persona que compra uno de esos productos da de comer a muchos peruanos que integran la cadena de producción que, a menudo, comienza en algún lugar de nuestros andes y termina en el clóset de un turista que lo lucirá luego con la consiguiente publicidad de un bien de lujo Made in Perú.
Lo mismo pasa con Central, el restaurant de Virgilio Martínez que acaba de ganar el primer lugar de la lista de The World’s 50 Best Restaurants y ha desatado una tormenta de comentarios, desde los que lo celebran como un triunfo en el mundial de fútbol hasta quienes denigran el logro centrándose en tres puntos: uno, la desigualdad social en el Perú; dos, el trato injusto a los trabajadores gastronómicos; y, tres, el triste hecho de que no muchos peruanos pueden acceder a la mesa del Central.
Y, algo de razón tienen, pero nuestra desigualdad social es endémica y no se iba a resolver si otro país ganaba el 50 Best; dos, si Virgilio u otro chef tratan mal a sus trabajadores, es algo que debe regular la Sunafil; y, tres, la exclusión es algo triste, pero, seamos honestos, todo peruano en extrema pobreza está excluido, de antemano, de los beneficios de la sociedad de consumo, que incluyen la posibilidad de comerse un cuarto de pollo en el Norky’s.

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Lo cierto es que el turismo gastronómico rinde muchos ingresos y, particularmente, prefiero que los foodies del mundo dejen su dinerillo aquí y que, de paso, compren mucho bien de lujo (plata, ropa, alpaca), beban más (pisco) y viajen a Machu Picchu en primera. ¿Que la mayor parte de peruanos no puede ir al Central? Es verdad. Y medio planeta tampoco. Alegrémonos más bien de que, igual, el peruano más pobre se las arregla para comer rico donde esté y con lo que tiene a mano. Es un don que nos regaló el universo.